La radio

Cada día que pasa me aburre más la televisión. Las imágenes, aparte de innecesarias, no aportan nada nuevo a la noticia en sí misma. De manera que siempre que puedo opto por la radio, la de toda la vida, la que te obliga a imaginar sobre todo lo que oyes y no al revés.

Recuerdo que durante mi infancia y mucho antes de que llegara la televisión a casa, mi madre se refería a los locutores de radio con el nombre de “espiquers” (del inglés speaker), lo que le confería al receptor una internacionalidad fuera de lo común; y eso que vivíamos en La Cuesta, pero para entonces ya existían “espiquers” tan buenos y populares como Somar, de Radio Club Tenerife o, algo más tarde, como nuestro querido amigo de la infancia, Fabriciano Díaz.

El balcón de nuestro ahora piso alquilado no sólo es estrecho sino, además, acristalado, pero si la noche lo decide, se pueden ver las estrellas en un trozo de firmamento iluminado por una vieja farola donde bajo su triste luz mortecina flota invisible y plácido el espeluznante Covid- 19, al acecho en un reducido espacio frente a mi vivienda. Me aseguro del hermetismo de los cristales y regreso al interior mientras percibo el rápido taconeo sobre la acera de una mujer a la que seguramente se le hace tarde para cumplir con el obligado toque de queda anunciado. ¿Por qué no hacer sonar las campanas de la torre de la iglesia o las sirenas de la policía?

Una vez de nuevo en el  interior tomo todas las medidas posibles a mi alcance para contrarrestar el peligro de contagio, como es la de lavarme las manos en función de una conducta mecánica que me permite  tener la conciencia bien tranquila frente a la adversidad durante un par de horas. Ya lo había hecho Pilatos en el pasado.

Pego la oreja al receptor y el dial tiñe mi cara de rojo; me pongo encarnado, como dicen en Canarias. Oigo la radio a muy bajo volumen para no molestar; tanto que mi mujer me pregunta si creo que estoy todavía bajo la influencia de la pasada  dictadura franquista, pero ella sabe tan bien como yo que hay cosas que no se olvidan, hasta llegar a convertirse para siempre en un gesto de carácter inconsciente difícil de sustraer frente, sobre todo, a la inminente tragedia que nos asola. Y la tragedia es que continuamos confinados bajo un toque de queda necesario, que nos obliga a no poder formar grupos de más de seis personas, que tanto la mascarilla como la distancia social de seguridad resultan indispensable, que bares y restaurantes permanecen cerrados y, todo ello, a los de mi edad, nos retrotrae a unos años aciagos de nuestra ya lejana juventud, aquella de la que hoy tendría que servir como ejemplo para todos aquellos jóvenes que renuncian a una disciplina muy distinta de la ideológica a la que muchos de nosotros fuimos obligados; no por el bien común, como es el caso de hoy, sino en beneficio de unos pocos.

De manera que me vuelvo a la radio, la que me ayuda a imaginar que todo esto puede acabar muy pronto.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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