InicioLITERATURAMi madre. Sancti Petri 2020

Mi madre. Sancti Petri 2020

Era consciente cuando fui a verla. Pero, comprobar en directo, sin la ayuda de las videoconferencias, el bajón que había dado fue una herida de muerte para mi alma.

El maldito confinamiento ha causado un daño irreparable en nuestras vidas. La vi el primer fin de semana que abrieron las fronteras de la ciudad más abierta de España, su adorado Madrid.

Antes de que compráramos el billete de tren sabíamos lo que había. Nunca la vi tan viejecita. Me resisto a decir ‘acabada’. Que pena tan inmensa produce. Se nos está escapando como el agua entre las manos. Y no puedo retenerla.

Me la como a besos y me dice: ‘Eres un ángel. Mi amorcito querido. ¡Me da una pena dejarte!!! … Pero, tú estarás conmigo’. Me lo dice y me lo repite continuamente en los dos últimos veranos.

Me confieso terriblemente afortunada. Los cielos me abrieron el entendimiento para comprender el significado de lo único importante. Nunca lo agradeceré como debiera. Solo tengo que mimarla. Quererla. Darle besos. No discutir por nada, importante o nimio. Solo estar. Piropearla. Cogerle la mano. Abrazarla. Decirle palabras bonitas. Achucharla. Darle más y más besos. ¡Cómo los agradece!

‘¡Ay! Qué será de mi sin ti. Cómo te quiero Paloma. ¡Quiero ir a Lugo (sic) contigo’!

Mamá no necesita caldo sino caricias. No necesita solomillo sino abrazos. No necesita los bonitos trajes que le regalamos sino mimos. No necesita que le aleccionemos sino cariño y paciencia sin límite. No necesita reproches merecidos sino dedicación y la mejor de nuestras sonrisas.

Y me dice: ‘Ahora ya no quiero morirme por ti. Quiero estar contigo. No me quiero ir a Madrid. ¡Cómo voy a estar sin ti!’

Qué débil la veo. Cuanta fragilidad. Pensar en lo fuerte que ha sido.

Nada más llegar a Madrid compró un silbato. Y, a toque de silbato, paraba el tráfico y cruzábamos los seis la calle Goya. Escribió al alcalde de Madrid pidiéndole un semáforo delante de casa. No paró hasta conseguirlo. El semáforo sigue ahí.

Cómo nos mandaba desfilar. Íbamos más firmes que los soldados.

Hacía ya más de un año que vivíamos en Madrid. Lel y yo, tendríamos 8 y 9 años. En el cruce de Narváez frente a El Corte Inglés volvimos la cabeza para mirar a un cojo. El hombre se mantenía erguido milagrosamente tras sus descomunales, imposibles y continuos balanceos a derecha e izquierda en cada paso. Le miramos de reojo con el mayor disimulo para que mamá no se diera cuenta… Aunque íbamos los seis, por supuesto, se percató, y nos dio tal pellizco que tuvimos la cicatriz durante años. Una señorita no miraba jamás hacia atrás. Era una falta de educación imperdonable.

Lleva unos meses que habla de forma continua de la muerte. ‘No te olvides de que te quiero mucho’.

Quiero grabarlo para recordarlo cuando no esté a nuestro lado. Me gustaría oírlo siempre, aunque fuera como un leve susurro. Quizá por eso lo escriba hoy. Así podré regodearme en el futuro… Ojalá, pueda recordar al menos su tono de voz…

Y vuelve a decirme palabras que grabaría a sangre y fuego: ‘Cuánto te quiero Paloma! ¡Cuánto te quiero! Eres mi ser adorable. Cuánto me alegro de que me hayas invitado. Amor mío. ¡Cuánto te quiero! Soy tan feliz contigo. Me da pena marcharme, marcharme de tu lado. Lo contenta que estoy contigo… no te lo puedes imaginar…’ Y, entonces, comérmela a besos me parece poco. Nunca la he achuchado tanto. Me dicen que soy una exagerada y una sobona. A mi me parece que exagero en lo poco pegajosa que soy… Cuánto necesito achucharla. Abrazarla. Cuántos besos y que bien dirigidos están. ¡Que delicada y que mona es!!! Ahora conozco la niña que un día fue…

‘Muñequita preciosa. ¡Cuánto te quiero! ¿Qué voy a hacer sin ti en Madrid?’

Y es un volver a empezar. La balanceo. La abrazo. Y nueva ronda de besos. Valen hasta los sonoros, salvo testigos que me llaman la atención. Susana siempre lo hace. Me regaña. Pero, creo que hasta a mamá le gustan los sonoros. ¡Quién se atrevería a insinuarlo, siendo de tan alta alcurnia! Y se ríe. ¡Cuánto le gusta!

La despierto con mi bonita voz de ángel (sic) cantándole: “Despierta niña despierta, que el día avanzando va, y la amistad a tu puerta, a voces llamando está…’ Y le digo: ‘¿Quién te quiere a ti, gordita? ¡Que guapa eres mami!’

Y me contesta: ‘Qué voy a hacer sin ti en Madrid. Ya no me quiero ir’. E inmediatamente añade: ‘Le estoy dando vueltas a cómo me voy a morir. ¿Cómo será la muerte?’

En el desayuno tiene siempre su cestito lleno de flores de jazmín, con el olor inigualable que tienen en esta fértil y embriagadora tierra. Las coge Susana por la mañana y yo la secundo como un perrito faldero cuando volvemos de misa. Cuando se sienta a la mesa en la terraza a la espera de su desayuno, mete su nariz en la cestita con su penetrante olor y goza como si tuviera cinco años.

Hay que aprovechar el minuto. Estirarlo y exprimirlo. Desayuno con ella y ante su Colacao gigante, rebosante… me dice: ‘Mi amor. ¡Cuánto te quiero cariño!!! Yo no sé cómo expresarlo, pero te quiero con toda el alma. Si no te veo te echo de menos’.

Paso por delante del cuarto de estar y está sentada en el sofá. Me acerco a darle un beso y me dice: ‘Cuánto, cuánto me alegro de verte, qué alegría verte, qué contenta estoy contigo’.

Nunca había pensado como ahora que puede ser el último verano. Si lo pienso me atraganto. Me ahogo. No puedo tragar mi propia saliva. En los últimos años ha venido siempre a disfrutar del verano. Al menos de la playa y del mar, aunque lo suyo sea ‘su Mediterráneo’.

Hoy ha estado un poco triste. Incómoda. Hay que doblar las sesiones de besos y abrazos. Reconoce que está “chafadita”.

Nos cantamos: ‘Me gustas tú y tú y solamente tú y tú y nada más que tú’

Y por la noche un ramo de flores de dama de noche. Qué lujo de fragancias maravillosas. Que tierra ésta.

La despierto y me tumbo a su lado y la cubro de besos. Estoy diez minutos dándole besitos. Ella no quiere levantarse de la cama. Está muy, muy a gusto y me dice: ‘Que rica eres, Dios mío. ¡Cuánto te quiero!’ Y me repite: ‘Que rica eres, cuánto te quiero. Te quiero más que a nada en el mundo.’

Hoy se han ido todos de excursión a los kayaks y hemos desayunado juntas. ‘Que rica eres, mi amor’.

En vez de desayuno con diamantes ha sido un desayuno con besos, abrazos y achuchones. Bastante mejor. Mucho mejor. Muchísimo mejor. Una y mil veces mejor.

Hemos tardado una eternidad.  ‘Sabes que me da pena abrazarte’, me dice. ‘¿Por qué dices eso mamá?’. ‘Porque dentro de poco no podré abrazarte.’ ‘Lo guapa que eres. No sabes lo guapa que eres’.

Y, a un mediodía tardío, comida de chicas: mamá, Susana y yo. No hemos comido nada, pero ¡hay que ver lo que hemos bebido!!! La que mejor lo ha llevado, mamá, ¡por supuesto! Cómo nos hemos reído.

La veo gastadita. Se cansa con la mayoría de las cosas. Estar en la piscina. Le aburren los pocos programas que le gustan de la tele. Estar sentada. Leer el periódico. Estar.

Pero, su cansancio lo combato con mis mimos, y me dice: ‘Estoy orgullosísima de ti. Siempre lo he estado… pero, es que ahora… ¡Lo tienes todo!’

Está en paz. Se siente bien, pese a que atisbo, cada día con mayor claridad, que le faltan ganas de vivir. Como si considerara que ha cumplido ya su misión en la vida. Hoy se preguntaba en la piscina qué sería de Manuel…

Le falta energía, falta de motivación para vivir. Habla con tono de despedida, y me encoge el corazón. ‘Mi amorcito querido: te quiero mucho. Habla a tus hermanas de mí; diles que las quiero mucho. Nunca has estado tan guapa (olvida que siempre me ha dicho que soy la más fea) y, con el estilo de siempre.’

Y volvemos a abrazarnos. Y miles de besos. ‘No te emociones. No llores por mí, Palomita querida. Prométeme que no vas a llorar cuando me muera.’ Y para que lo voy a dejar para entonces. La abrazo y gimoteo sin parar… literalmente tengo rota mi alma. Cuánto dolor. Cuantísimo dolor. Me repongo. Cada minuto hay que aprovecharlo como si no hubiera un mañana.

Hago manitas con ella. Más besos. Al menos, en estos momentos es inmensamente feliz.

Vuelvo de la playa: ‘Holaaaaa’. ‘Hola preciosa.’ Y me dice: ‘Pensé que ya no venías. Estaba triste de no verte en tanto tiempo (1.30 horas). Que bien que estés conmigo. Ahora ya no me dejes…’

Está próxima a marcharse: ‘No quiero que te vayas’. Mamá, yo me quedo la que te vas eres tú. ‘Ya. No, no quiero que te vayas a Lugo, quiero que te quedes conmigo’.

Le doy besos en el momento más sagrado del día: mientras bebe su colacao. Y me dice: ‘Más fuerte, más fuerte, más fuerte’. Y compruebo, una vez más, que un beso, una caricia, un achuchón valen para mamá más que lo que más haya deseado en toda su vida. Su famosa escala de valores está más nítida, clara y transparente de lo que se ha esforzado toda su vida en transmitirnos. Ahora solo quiere nuestro cariño y nuestras demostraciones de amor, paciencia y dedicación. Solo así es inmensamente feliz.

La ducha es un ejemplo más de su fragilidad extrema. Tiene un miedo atroz. Aun reconociendo que está acostumbrada a su ducha, su salud es quebradiza y lo sabe. Como si su vida pendiera de un hilo.

Al salir nos sentamos en el sofá: ‘Que delicada y que cariñosa estás conmigo. No puedes ser mejor conmigo.’

‘Estás preciosa. Eres preciosa. Estoy muy contenta contigo, muy, muy orgullosa de ti.  Y ahora dame un beso. Dame otro beso. Dame otro beso’, dice cada vez con más énfasis.

Última tarde. Primera siesta del verano. La he acostado porque estaba muy, muy cansadita. Hoy hace un calor que no es normal en Cádiz. Había 38° cuando volvíamos de la playa. Sopla levante. Tengo pocas horas de disfrute y las voy a aprovechar al límite.

Mañana se va a las 12:00 de la mañana.

Contaré los días para reencontrarme con ella en Madrid y llevármela a Lugo conmigo los días que ella quiera.

‘Acuérdate cuando me muera que yo te doy besos y que te quiero mucho’.

La despierto para estar con ella.

Me acerco a su cama y le doy besitos. Se despierta y me dice: ‘Mi amor, ¿eres tú? ¿Te vas a misa?’ No mami, voy por la tarde. Me quedo aquí hasta que te vayas. ‘Entonces me levanto para estar contigo’, me dice.

Le pregunto: ‘Has estado ‘a gustito’ mami?’

Y cuando me dice que sí se inundan mis ojos y no puedo disimular. Ni se me ocurre articular palabra. No puedo. Tengo la glotis cerrada por la emoción. Dios mío, voy a explotar. Cuantísimas emociones.

‘Quiero ir contigo a Lugo. Procura venir pronto a Madrid. Te voy a echar mucho de menos. No sé qué haré sin ti.’

Nos despedimos hasta mi paso por Madrid. Si quiere, solo si ella quiere, vendrá a pasar los días que quiera a Lugo. Ojalá quiera y sean muchos… ‘Ven pronto. Ven ya. Ya te estoy esperando en mi Madrid’.

Que mayores somos. Los jirones que nuestras almas tendrán que soportar. Cuantos dolores nos depara la vida.

El único que saldrá ganando será papá. Qué feliz reencuentro tendrán. Espero que esto me reconforte y sea en un futuro muy, muy, muy lejano.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

RELATED ARTICLES
- Advertisment -spot_img

ÚLTIMAS PUBLICACIONES