El hijo pródigo

¿Por qué tenemos que agradecerle el que haya cumplido con su deber en el ejercicio de su reinado?

La Monarquía Parlamentaria regresó a España con el Régimen del 78, capitaneada por el Rey y todos los líderes políticos, republicanos o no. (K.I.)

Juan Carlos I, quién se convirtiera en su día en el hijo adoptivo del general Francisco Franco en calidad de príncipe, mediante un acuerdo entre Juan de Borbón, su padre biológico, y el propio dictador, no hubiera imaginado nunca que llegaría a ser rey de España de no haber sido por la intermediación democrática de Adolfo Suarez al frente entonces del ejecutivo, además del cúmulo de circunstancias que se dieron cita a posteriori para la consecución de una democracia acariciada por todos los partidos políticos, con la inclusión, por si fuera poco, de los comunistas de Santiago Carrillo. Si se querían evitar males mayores, aquella fórmula de monarquía parlamentaria fue en su día aceptada por la mayoría, con algún que otro gran susto como los asesinatos indiscriminados de los abogados laboralistas de la calle de Atocha a cargo de la expectante extrema derecha que se mantenía a la espera de los acontecimientos posteriores.

El hijo que nunca pudo concebir Carmen Polo, esposa del dictador, lo agradeció el generalísimo en la figura de Juan Carlos, a quién dedicó tiempo en una esmerada educación para su pupilo, aunque con poco cariño a lo largo de su vida, inculcándole en todo momento los valores tradicionales que distinguían al llamado régimen de entonces con el único objetivo de que éste no pereciera a manos de los comunistas ni bajo los estratos de los llamados contubernios masónicos  que tanto preocupaban a Francisco Franco. De manera que todo quedaría atado y bien atado, cara al futuro que esperaban tantos adeptos al viejo régimen.

Aunque nunca ha quedado del todo clara su participación espontánea en la defensa del intento de golpe que tuvimos que soportar aquel 23 de febrero de 1981, lo único que habría que agradecerle al entonces rey Juan Carlos I es su tardía intervención en favor del gobierno de turno que daría como resultado la detención de algunos de los golpistas involucrados y la vuelta a la cotidianidad democrática institucionalizada.

Por lo demás, siempre fue un rey postizo, cuyo reinado se caracterizó, a grandes rasgos, por sus supuestas infidelidades conyugales, sus cacerías indiscriminadas y, sobre todo, por esas comisiones irregulares que también se le atribuyen y de las que no ha dado cuenta al fisco de su país.

¿Por qué tenemos que agradecerle el que haya cumplido con su deber en el ejercicio de su reinado? ¿Acaso, sólo por eso deberíamos perdonarle todo lo otro que se le achaca en su contra? Lo cortés no quita lo valiente y estos elementos de causalidad no le libran de ser criticado como se merece, al margen de la buena voluntad que quiso demostrar el fatídico 23 de febrero de 1981.

Sin embargo, siempre existe en su contra un elemento particular de soberbia soberana al tratar de perpetuar la monarquía a toda costa, abdicando, en este caso, a la corona en favor de su hijo Felipe. Como si los españoles tuviéramos la obligación indiscutible de obedecer el capricho de unas leyes de sucesión suscritas por la gracia de Dios.

¿Quién diría, -y por qué razón-, que un monarca como es su caso haya decidido refugiarse precisamente en una república como la dominicana? ¿Un capricho del destino quizás? ¿Tal vez una premonición tardía sobre el futuro que por fin les espera a los españoles? ¡Quién sabe!

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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