Don Claudio

Relato de ficción de Zoilo López.

Como cada mañana desde que ganara la guerra civil, el dictador nunca se perdía la oportunidad de darse un paseo por los jardines de El Pardo inmediatamente después de desayunar. Lo hacía vestido de civil y con las manos siempre a la espalda, como si estuviera esposado para cualquiera que lo viera aparecer de frente.

Muy de tarde en tarde coincidía en cruzarse con un único jardinero al que apenas conocía y quién, sin embargo, solía, siempre que lo encontraba, saludarle muy cordialmente con un: ¡Buenos días, don Claudio! Durante largo tiempo el generalísimo sólo se dignaba a asentir con la cabeza al saludo, a sabiendas de que aquel hombre, por alguna razón que por el momento desconocía, le estuviera confundiendo con algún otro miembro de su gobierno, pero que él supiera, entre sus ministros y personal de palacio, no figuraba ninguno con aquel nombre.

Los jefes de estado como del que estamos ahora hablando, en ocasiones sienten una gran curiosidad por lo simplemente anecdótico y el general español comenzaría a darle la importancia que seguramente no tenía al extraño fenómeno de que un jardinero en nómina no tuviera conocimiento de quién se trataba él. Claro que al no ir debidamente uniformado, como de costumbre, aquel hombre posiblemente no le reconociera del todo.

¿Cómo es posible que, precisamente, un español a su exclusivo servicio, pareciera ni siquiera saber su propio nombre por el que era ya conocido en toda Europa?

Después de que el Generalísimo consultara la increíble anécdota con su ministro de Gobernación, Serrano Suñer, éste último se apresuraría en tratar de intervenir en el asunto, pero el dictador se opuso gracias a una brillante idea que se le había acabado de ocurrir: a la mañana siguiente se vestiría de general de los tres ejércitos y después de desayunar, como siempre, saldría a su habitual paseo por los jardines para tratar de saber si, finalmente, sería reconocido por el veterano jardinero.

Aquella mañana no le faltaba ni siquiera el fajín en el bien cortado uniforme de militar, las medallas tintineaban a su paso tranquilo pero marcial y sus manos siempre a la espalda, como si estuviera esposado para cualquiera que lo viera venir de frente.

A punto de sortear un seto que le cerraba el paso, el dictador se dio de bruces con el jardinero.

-¡Buenos días, don Claudio! –saludo solemnemente el jardinero.

-¡Buenos días! ¿Sabes quién soy? –preguntó en tono riguroso el general.

-Claro que sí, excelencia, perfectamente –contestó el jardinero, inclinando brevemente la cabeza en un gesto servil de reverencia.

¿Entonces, por qué coño me llamas don Claudio? –preguntó el dictador con un irritante acento gallego.

-Verá usted, excelencia, -se explicaba nervioso el jardinero- Todavía carezco de la suficiente confianza como para tratar de llamarle Claudillo, tal y como en esta casa están ya todos acostumbrados a dirigirse a su excelencia. Claudillo por Dios y por España.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.