La protesta ayer de ese fragmento elitista de la ciudad de Madrid, con una cuidada puesta en escena en la calle Núñez de Balboa, donde la bandera constitucional continuaba siendo la protagonista hasta en las mascarillas de algunos elegantes caballeros de la corte, me pareció del todo ridícula, teniendo en cuenta, sin embargo, que están en su perfecto derecho a manifestarse en contra de lo que ellos consideran un atropello del gobierno para sus particulares intereses.
Visto desde el prisma que me permite mi acertado caleidoscopio, esa imagen simétrica geometrizada que me regalaba la visión, llegó a distorsionarse de tal manera que creí ver, con toda claridad, la sospechosa presencia entre ellos de algunos herederos de antiguos virreyes de Indias, gobernadores militares en plaza de las colonias del Caribe, azucareros de Cuba, adelantados de las Canarias, tenientes de navío en Guinea Ecuatorial, capitanes de corbeta de Filipinas, prelados de diócesis ignotas en territorios de allende los mares, misioneros de buena voluntad en el norte de África, cafeteros de Venezuela, registradores de la propiedad, etc. Todos ellos, correctamente vestidos, despidiendo, sin embargo, un nauseabundo hedor a naftalina que ya no se corresponde en absoluto con los tiempos que ahora vivimos, aunque cuyo estimado país todos ellos siguen ocupando del mismo modo que cuando sus ancestros disfrutaban graciosamente de las ventajas que les ofrecía la gloriosa época del gran imperio español para, mucho más tarde, pasar a sentirse también orgullosos de la gran resistencia que opusieron los llamados “últimos de Filipinas” en aquel remoto archipiélago y de los que sólo se salvaron un puñado.
Cuando retiré de uno de mis ojos aquel cilindro mágico que me permitía ver con toda claridad el pasado imperio español, pude comprobar que estaba en lo cierto. Un cúmulo de manifestantes percutiendo el fondo de unos caras cacerolas de refulgente acero inoxidable, otros atizándole a unas sólidas sartenes de inducción, los balcones forrados de enormes banderas españolas como si se tratara de un patrimonio de su exclusividad, matrimonios mixtos con sus mascarillas también españolas a juego, jóvenes pudientes con bufandas bicolores rojas y amarillas, viudas muy limpias aunque de dudoso buen aspecto, gritando consignas ininteligibles y niños con sus nuevos y veloces patinetes sorteando, con quiebro rápido a la derecha, todo tipo de obstáculos en una calle como la de Núñez de Balboa, en pleno centro de Madrid.
A todo ello, los entusiastas representantes de Vox, agitando elegantemente a las masas en contra de las políticas del gobierno en materia de precaución sanitaria frente a la pandemia. Y como de costumbre, Díaz Ayuso, lejos de mantenerse a la sombra de sus propios últimos errores, advirtiendo al gobierno de lo que le espera cuando “el todo” Madrid se eche a la calle a protestar sus decisiones tomadas.
De manera que unos pocos privilegiados no pueden ni deben de decidir por la mayoría; a no ser que el propio gobierno de la Comunidad de Madrid se haga responsable de todos y cada uno de los fallecidos que origine la decisión de pasar tan alegremente a la pretendida fase uno como consecuencia de la presión ejercida por el comercio y la industria.
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Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
