domingo, septiembre 25, 2022
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Rejuvenecido

Me había separado. Me aburrían sus historias reiteradas, repetidas a toda hora. Siempre igual. Toda la vida con las mismas monsergas. Necesitaba escapar.

Ahora era libre. Tenía sesenta y dos años. Podía hacer lo que quisiera. Nunca más volvería a dar explicaciones a nadie. Nunca más volvería a contraer compromiso de ninguna clase. Nadie volvería siquiera sugerirme una forma de actuar.

Recuperé cosas que tenía olvidadas. Cuerpos jóvenes y exuberantes. Carnosos e inocentes. Reconquisté mi juventud.

Era sensacional sentir otra vez la frescura, la fragancia y la turgencia de una mujer joven, lozana, vigorosa. Espléndida. Una belleza insolente, tersa y erguida. Fértil, fecunda y lujuriante.

Mi vida era un exceso… de placer.

Lo único que me recriminaba era no haber tomado antes esta decisión. Aprovechaba cada minuto, disfrutaba de mi libertad y mi vida placentera. No había límites.

Cada día acumulaba experiencias nuevas. En seguida me di cuenta de que las jóvenes tenían un fuerte carácter. Sabían lo que querían. Pero ¡si eran unas niñas!

Las novedades se desvanecieron rápidamente. En seis meses había perdido la emoción. A eso se añadía que una mujer ocupaba mi mente todas las horas del día y de la noche.

A los ocho meses de mi separación Vanesa vino a vivir a mi piso. Mi hija, de 28 años dejó de hablarme: —Pero, tú eres consciente de la edad que tienes. Yo tengo un año menos que tu pareja. ¡Te has vuelto loco! No quiero saber más de ti. Dio un portazo y se marchó.

Con una hija enfadada y con el divorcio en mi mano me concentré en mi joven amante. Todo me parecía poco para agradarla. Vivía por y para ella. Me volvía loco. Y pensar que estaba coladita por mí.

Su padre que era viudo vivía con un hermano soltero en Galicia. Cuando falleció, el tío quedó desconsolado. Vanesa viajó a Becerreá. —Tío, debes vender las vacas y todas las tierras. Antonio y yo queremos que vengas a vivir con nosotros. Ya te hemos preparado una habitación. Serás una ayuda para mí ahora que acabo de perder a mi padre, tu querido hermano.

Gracias a la insistencia accedió, aunque no muy convencido. Vendió tierras, pero no la casa del pueblo.

Ya en la capital, los primeros días Vanesa estuvo pendiente de él. Contrató a una cuidadora para que le atendiera. —Había cedido por agradarla, pero la intimidad que antes teníamos en casa desapareció, salvo en nuestro dormitorio, pensaba día tras día. —Es un viejo Antonio. Morirá pronto. Si mi padre murió, a él no le quedará mucho, decía Vanesa acariciándome y haciéndome cucamonas.

La conversación se repetía cada noche. —Creo que tu tío debe volver a su casa, dije enfadado una noche. —Si se va, no volverás a tocarme un pelo, decide, me respondió. Bajé la cabeza: —Está bien. Haremos lo que tú quieras. No volveremos a discutir. —Tengo un plan. Haremos el amor como alimañas y te cuento. Ya verás como te gusta, sentenció ella.

Seis semanas después de nuestra sonada discusión, la cuidadora, ajena a todo ello, se preocupó porque Gervasio no quería salir a pasear. —Estoy muy cansado. Me pesa el cuerpo. Quiero morir ya. Aquí no pinto nada.

A los dos días, la cuidadora llamó al médico. Tras una breve conversación telefónica le dijo: —Le veo bajo de ánimo. Si Vd. quiere, debe volver a su tierra. Allí estará mejor.

Vanesa quitó importancia a la recomendación del médico. Salió y volvió con una televisión para su habitación. —Ya no será necesario que salgas de tu habitación. Todo lo tienes aquí. Su tío asentía con pesar.

Las salidas se hacían cuesta arriba. Su cuidadora decía que no pasaban del banco que había a cinco metros del portal. Entonces, Vanesa le regaló unos pedales. —No te preocupes tío. Desde tu sillón puedes mover las piernas sin necesidad de salir a la calle. —Sé bueno y pedalea, le dijo dándole un beso en la frente.

La cuidadora trataba de convencerle: —Debe comer bien si quiere recuperarse. Cada día le hacía caldos concentrados, pero éramos nosotros quienes le servíamos los platos. Un día al entrar en la cocina para recoger la bandeja nos oyó discutir: —Déjame que yo lo echo. —No eches tanto, le decía a mi chica. Cuando Vanesa la vio entrar gritó: —¿Qué haces aquí? No dejes solo a mi tío. —Solo venía recoger la bandeja, contestó. —¡Qué mosca le habrá picado! Tiene un carácter horrible esta mujer, murmuraba la cuidadora al salir. Ocho días después, mientras le insistía para comer, Gervasio empezó a toser y quedó muerto entre sus brazos.

El médico que acudió a nuestra casa solo pudo certificar su muerte. Dentro del féretro fue trasladado al cementerio de su pueblo en Lugo.

En el funeral la cuidadora habló con Eva, la otra sobrina que vivía en el mismo pueblo. A ella le comentó el mal carácter y las rarezas de su prima, la tristeza de Gervasio, y lo mal que se encontraba en los últimos días. —Su declive fue muy rápido, apostilló.

Abierto el testamento se conoció su modificación. La fecha coincidía con su estancia en la capital. Vanesa era ahora la nueva heredera de toda su fortuna. Eva se enfadó, maldiciendo sin cesar a su prima y a su tío que le había prometido dejarle todo. Volvió a llamar a la cuidadora, quien recordó la visita de un señor, que ella no sabía fuera notario. El empeoramiento había coincidido en esas fechas. Las cuentas corrientes habían experimentado un movimiento incesante desde su traslado a Madrid.

Eva seguía obteniendo datos. Con todos ellos bien estructurados acudió a la policía, quien solicitó del juez la conveniencia de una autopsia para confirmar la causa de su muerte.

Tras la exhumación del cadáver se procedió a su estudio. El resultado fue comunicado a las partes. El abogado de Vanesa y Antonio acudió a su piso. Sentados en el sofá les dijo: —Nunca lo hubiera sospechado, estoy impresionado. Me cuesta creer lo que estamos viviendo. Al haber transcurrido dos meses largos desde su fallecimiento, el forense realizó pruebas toxicológicas de su cabello. Tenía buen pelo y estaban dentro del plazo de tres meses desde el óbito. Detectaron tan alta cantidad de benzodiacepina que se evidenció la incompatibilidad con la vida.

Tomando aliento añadió: —El resultado me ha dejado estupefacto. No entiendo qué hicisteis, pero fue un error garrafal. El juez acaba de dictar auto de procesamiento, os acusa de ser los presuntos autores de la muerte dolosa de Gervasio por envenenamiento.

Y prosiguió: —Una torpeza inexcusable e imperdonable por vuestra parte. Si hubierais indagado cuál era su verdadero estado de salud habríais sabido que tenía cáncer. Estaba invadido. —Sí, sí, no me miréis así, añadió al ver sus caras: —Tenía metástasis. El avance era tal que no hubiera vivido ni siquiera seis meses y hubiera muerto de forma natural. Os ha faltado un poco de paciencia. Antonio, a tus años te has comportado como un chiquillo. ¡Dichosa impaciencia! Ya decía mi padre, la impaciencia es un pecado propio de la juventud.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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