El fallecimiento de Manuel de la Calva, uno de los dos integrantes del legendario Dúo Dinámico, ha despertado una oleada de homenajes en España. Artistas, periodistas, instituciones culturales y ciudadanos de a pie han recordado la importancia de quien, junto a Ramón Arcusa, sentó las bases del pop español en los años sesenta. Sin embargo, entre las reacciones y pésames llamó la atención una ausencia notable.
Este silencio contrasta con la agilidad con la que este individuo suele manifestarse ante fallecimientos de personalidades del mundo cultural, deportivo o político. Este tipo ha demostrado en varias ocasiones el poder simbólico que encierra un simple mensaje de reconocimiento: rápidamente reaccionó al fallecimiento de actrices y escritores recientes, o incluso a cuestiones internacionales de actualidad, pero no encontró la misma urgencia para despedir a Manuel de la Calva, figura esencial en la historia musical de España.
La polémica no es tanto por la supuesta obligación de este individuo de rendir tributo a cada figura pública, sino lo que la ausencia comunica. En un país donde la cultura popular es un elemento de cohesión social, dejar sin reconocimiento a un artista que marcó varias generaciones transmite la sensación de que hay personalidades de primera y de segunda, dependiendo de afinidades ideológicas o del lugar que ocupen en la memoria oficial. El Dúo Dinámico, recordemos, fue pionero en la modernización musical de España y, además, son los únicos compositores españoles que han dado la victoria a nuestro país en Eurovisión, con la inolvidable “La, la, la” que interpretó Massiel en 1968. Un hito histórico que todavía hoy sigue siendo la única* victoria española en el festival y que, paradójicamente, no mereció la misma rapidez de homenaje por parte del veraneante.
La política contemporánea vive pendiente del gesto público y de la inmediatez digital. Nuestros políticos son conscientes del peso de la comunicación en redes, sabe que cada tuit o ausencia de tuit es leído en clave política. Su demora, por tanto, no es neutra: abre un debate sobre la instrumentalización del reconocimiento cultural y sobre hasta qué punto los homenajes se otorgan por convicción o por conveniencia.
Más allá de simpatías o discrepancias con el Dúo Dinámico, la cuestión de fondo es clara: cuando la cultura se selecciona según criterios partidistas, el relato común de un país se resquebraja. Manuel de la Calva merecía, como cualquier creador que forma parte de la identidad cultural española, un gesto institucional que reconociera su aportación. Que ese gesto no llegara —o llegara tarde— deja en evidencia una manera de comportarse demasiado atenta a la táctica y demasiado poco al respeto simbólico que la ciudadanía espera de sus representantes.

