martes, julio 5, 2022

Afrenta

Estaba cada vez más gorda. Era natural, estaba embarazada. Sin embargo, estaba muy preocupada por la salud de su hija y la suya. Ahora tenía que cuidarse mucho más.

Iba a tener entre sus manos al fruto de sus entrañas. Un proyecto buscado, ambicionado, deseado, esperado y muy querido.

Todos los días salía a pasear. Tenía que andar como mínimo tres o cuatro kilómetros. El ritmo se lo imponía su cuerpo. Unos días iba más deprisa y otros, inevitablemente más despacio.

Aquella mañana había salido temprano. Era una mañana soleada. El cielo resplandecía con un azul intenso. La primavera asomaba con fuerza. Todo invitaba al optimismo. Los almendros en flor, el ruido de los pájaros, las langostas sobre volando los campos cultivados. Las mimosas llenaban las ramas de los árboles. Y al fondo el mar. Se podía respirar el olor penetrante del mar, el aroma del agua salada.

Llevaba sus cascos puestos. Iba escuchando música. De pronto y a lo lejos, le pareció ver a dos mujeres con una caja de cartón. Parecían nerviosas. Miraban a derecha e izquierda. Su actitud despertó su atención.

Sin embargo, ella iba a lo suyo. Tenía que seguir paseando. Marcando su propio ritmo. A medida que se acercaba a aquellas dos mujeres, parecían más frenéticas. Perturbadas.

Finalmente, entraron en una caseta que parecía abandonada. Y salieron corriendo. La caja de cartón que llevaban la debieron dejar dentro de la caseta porque salieron con las manos vacías.

La actitud que tanto le había llamado la atención, despertó su curiosidad. Al llegar a la caseta abandonada, sin dudarlo, entró. Estaba intrigada. La caseta estaba sucia, desordenada, y llena de todo tipo de cosas.

Con su mirada buscaba ávida y ansiosamente la caja de cartón. Al final la vio entre la hojarasca. Se acercó y destapó la manta.

Durante esos minutos había pensado que encontraría un cachorrito. Probablemente, un perro que querrían abandonar. Quizá fuera un gato.

Cuando levantó la manta que cubría la caja descubrió un cachorro. Pero un cachorro de hombre. Era una niña recién nacida. Todavía tenía el cordón umbilical y estaba sin lavar.

Cuando la tomó entre sus brazos un escalofrío recorrió su cuerpo. No era su hija, pero podría haberlo sido. El llanto de la abandonada la devolvió a la realidad. Estaba fría. Profundamente conmovida se quitó su chaqueta y la envolvió. La acunó. La abrazó. Quería que sintiera su corazón de madre. Acompasar sus latidos a su corazón herido. Transmitirle el amor robado. Restituirle del desalmado hurto que sufrió tras su nacimiento.

Ese pequeño, indefenso y desamparado cuerpo debía olvidar el cruel repudio que había sufrido. La besó y volvió a apretarla contra su cuerpo. Las lágrimas brotaron de sus ojos. No pudo reprimirlas. No quería dejar de derramar todo el amor de que fuera capaz en ese pequeño cuerpo indefenso y necesitado de un inmenso cariño. Salió inmediatamente de allí.

Con el corazón fuera de su cuerpo y una vez que los nervios y la emoción se lo permitieron, marcó en su teléfono móvil una llamada de socorro. En solo unos minutos acudió la policía y una ambulancia a recogerla. Solicitó permiso para acompañar a la niña. Una vez en el hospital la reanimaron de su hipotermia.

Cuando regresó a su casa, visiblemente conmocionada se echó en su sofá. Soñó que la niña que había salvado con su rápida intervención y la que nacería en unos días llegarían a ser grandes amigas.

Doctora en Derecho y Licenciada en Periodismo

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