domingo, agosto 7, 2022
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La CIA en el Puerto

Antonio Dorta, que de casi todo se entera, me había puesto sobre aviso de la posible entrada en la isla de un matrimonio americano que según fuentes consultadas podrían pertenecer a la CIA en calidad de agentes y que se encontrarían en misiones de espionaje en Tenerife; concretamente en el Puerto de la Cruz.

Un discreto dispositivo de contraespionaje se había puesto inmediatamente en marcha. También yo pasé a la acción y me aposté, sin ser visto, en la zona prevista para la detención con la cámara a punto.

Foto: Zoilo López Bonilla.

Carecía completamente de datos que me facilitaran una descripción aproximada de la pareja mixta de espías, pero de pronto, como por arte de magia, de entre la espesura del jardín del Oasis surgió la siniestra figura de aquel singular hombrecillo de negro que llamó poderosamente mi atención: tullido, botines de los de antes, corbata moteada y tocado de negro sombrero y gafas también negras bajo un sol abrasador. Me convencí al momento de que ese era mi hombre; al que debía prestar más atención que a ningún otro.

Vi como cruzaba la avenida de Colón, tranquilo, cojeando ligeramente y mirando fijamente por encima de la gruesa montura de sus gafas de sol hasta tomar asiento en uno de esos bancos de cemento del paseo que por estar pintados de blanco no parecen nunca de cemento pero sí que son de cemento; los de Cesar Manrique, vamos.

Allí aguardó largo rato hasta que de pronto, como caídos del cielo, una pareja de sexagenarios, tocados con sendos sombreros claros, con barbuquejo incluido y todo, vino a acomodarse precisamente junto a mi hombre, bajo la sombrita que proyectaba una palmera sobre el banco blanco pero de cemento, insisto.

No hubo sorpresas, por lo menos para mí. Transcurridos unos minutos en los que la humedad comenzaba ya a notarse en el ambiente, el del traje negro, y todo lo demás también negro, sin levantarse siquiera, se giró lentamente en el asiento y siempre mirando por encima de la gruesa montura negra de sus gafas de sol, no sin sorna se dirigió a la pareja de supuestos americanos increpándolos bruscamente de esta manera: ¡¡A ver, turistas!!: documentación, por favor.
Y yo disparé primero.

Tras la identificación, y de esto me enteré días más tarde por boca del propio Dorta, la pareja en cuestión no resultó ser la de americanos que los confidentes se habían apresurado en señalar y a la que todos esperábamos tan ansiosos aquellos días sino unos jubilados de Ponferrada que habían viajado esa semana a Tenerife en un vuelo charter con el que habían resultado agraciados merced a un sorteo organizado entre sus numerosos clientes por el prestigioso detergente Fairy.

Pero yo disparé primero.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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