Tras el confinamiento y la disminución de las restricciones por la pandemia, se ha ido recuperando poco a poco el pulso de la actividad comercial y de ocio, con sus ventajas y desventajas. Es bueno que la economía empiece a remontar el vuelo y los empresarios, trabajadores y clientes oxigenen sus mentes fuera de las casas. Recuperar la normalidad se agradece.
Pero todo lado bueno tiene el opuesto. En estos últimos meses se ha podido constatar el aumento de la violencia en las calles y no hablo de negacionistas o incluso de cacos que puedan robar en una tienda o a algún transeúnte; me refiero a la violencia y reyertas que se están produciendo en las zonas donde se reúnen los jóvenes.
El pasado fin de semana se registraron peleas multitudinarias en el cuadrilátero de La Laguna y en la Plaza de España de Santa Cruz. Según se ha podido escuchar han sido auténticas batallas campales en las que además de puñetazos salieron a relucir armas blancas de distinto tamaño. Vehículos e inmuebles fueron los daños colaterales producidos por esta golfería descontrolada.
En los vídeos que corren por las Redes Sociales y algunos de los visionados en las cámaras de seguridad que hay en la zona, se pueden observar jóvenes de distintas procedencias, enzarzados en feas peleas. Las especulaciones sobre los motivos son diversas. Unos hablan del consumo de estupefacientes, exceso de alcohol e incluso razones raciales; en cualquier caso, todas inaceptables.
Está claro que la sociedad española tiene un serio problema. Estos hechos no ocurren sólo en Santa Cruz o La Laguna, como decían nuestros mayores “La juventud está loca” y las autoridades son los que tienen en su mano que el Imperio de la Ley sea el que se imponga por encima de esta jungla en la que unas minorías han convertido los pueblos y ciudades.
Lo mismo da que sean africanos, latinos, europeos o canarios; las leyes han de cumplirse y las autoridades deben tomar cartas en el asunto ¡Ya! Y han de hacerse con el control de estas zonas de inmediato, no pueden dejar que la situación se deteriore hasta estos extremos en los que los únicos damnificados son los ciudadanos de bien.-Confucio.
