Siempre el miedo. Nunca podremos librarnos de él hasta que no se instale definitivamente una auténtica democracia como la que se merece un país como el nuestro, sometido hasta hace todavía poco a una férrea dictadura que nos amenazó hasta la muerte del dictador.
Cuando digo miedo me refiero a que nuestra Constitución fue elaborada con el peso que significaba la aceptación de una Monarquía como mal menor por tal de no herir las susceptibilidades de ciertos estamentos de la sociedad española de entonces. Quiero decir que fue una monarquía impuesta por el dictador y que, para evitar males mayores, tuvimos la desgracia de aceptarla con todas las consecuencias que hoy día conocemos derivadas de ella.
¿Por qué tanto miedo a una consulta nacional sobre la conveniencia de continuar o no siendo España una monarquía parlamentaria?
Existe una gran incongruencia entre rechazar una dictadura cuando tuvimos ocasión de atrevernos y, sin embargo, aceptar una Monarquía sin ambages por miedo a las sangrientas represalias que, al fin y al cabo, no dejaron de producirse y que culminaron con los terribles asesinatos de los abogados de Atocha. El miedo también pudo esa vez con todos nosotros.
Y ese miedo todavía nos persigue hasta aceptar parapetarnos en la idea de que la monarquía es una institución protegida por la constitución y aceptada por todos los partidos políticos sin excepción alguna, pero sin contar con el ridículo que supone habernos librado de una férrea dictadura para terminar aceptando nada menos que la inviolabilidad de un monarca en un país supuestamente libre. ¡Menuda contradicción!
Francisco Franco era también inviolable, incluso mucho más que el Rey, y tuvimos que esperar hasta su fallecimiento para cambiar nuestro destino político. De modo que no me sirven las nimias excusas que alegan algunos políticos de izquierda para justificar una monarquía parlamentaria avalada por la presencia de un rey, en su día impuesto por el dictador.
No sabría decir si el golpe de estado llevado a cabo en 1936 por el dictador hubiera sido igual de injustificable si después de la victoria conseguida hubiera declinado en 1939 el poder en beneficio de una monarquía, supuestamente, de pleno derecho.
¡Qué lejos queda todavía la idea de una república en la que reyes y dictadores sólo puedan ser representados sobre las tablas de un escenario teatral, a la manera que, en su tiempo, los concibiera el también ingenioso dramaturgo inglés William Shakespeare!
zoilolobo@gmail.com
Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
