Cuento surrealista
Lorca y Buñuel tomaron la repentina aunque desafortunada decisión de emprender un corto viaje de reconocimiento hasta las cotas más profundas de lo que se da en llamar el alma humana con la única intención de bucear en las posibles causas que originan en el comportamiento de determinados individuos faltas tan graves como la xenofobia, la incomprensión y la intolerancia. Para ello elegirían, una vez más, el Cuélebe, diminuta nave eficazmente comandada por su incondicional amigo Dalí, con el resultado que seguidamente se detalla.
Una vez a bordo, eligieron el lugar exacto de la anatomía del xenófobo a través del cual tendrían acceso directo garantizado al interior de su cuerpo y donde se supone que el soldado romano Longinos, con su lanza, hiriera, para más inri, a Jesús crucificado entonces en el Calvario; herida, que al parecer, presentamos todos los humanos, sin excepción, y que portamos desde nuestro nacimiento como estigma invisible en el mismo lugar del costado y de la que solo Buñuel conocía su existencia; tal era su esmerada erudición.
El costado apenas si opuso resistencia y el Cuélebe se coló sin dificultad alguna por entre las frágiles costillas flotantes del xenófobo individuo hasta perforar mansamente la espesa capa de moho que cubría por completo la parte externa de los pulmones. Una vez dentro de ellos, una espesa niebla hacía muy difícil la lenta navegación, pero gracias a cierta dosis de tolerancia vertida al exterior por los tres tripulantes, conseguirían al fin hacerse con la situación. Un nauseabundo olor, producido seguramente como consecuencia de una viscosa envidia verdosa flotando inerte en el espacio interior, les había obligado de nuevo a permanecer el resto del tiempo con las escotillas herméticamente cerradas.
Rodearon el corazón sin dificultad. Un corazón pequeño, insignificante y violeta cuyos contundentes latidos estremecían el casco de la embarcación sin presagiar nada que no pudiera ser intolerancia y maldad y por cuya razón se mantuvieron a una distancia más que prudencial de sus compulsivas diástoles.
El Cuélebe, orbitando en círculos concéntricos cada vez mayores, fue alejándose paulatinamente y en la oscuridad de aquel órgano violeta, transgresor y raquítico, cuyo amenazante y compulsivo latido no había conseguido amedrantar, como pretendía en un principio, a tan distinguidos e ilustres viajeros.
Durante mucho tiempo viajaron a través de la oscuridad y en todas direcciones. A lo lejos continuaban escuchándose los intermitentes latidos del insano corazón amenazante y, sin embargo, no habían tenido ocasión de encontrar aún el lugar por cuyo motivo habíanse desplazado hasta allí. Después de mucho titubear y de común acuerdo, decidieron finalmente emprender el largo viaje de regreso, convencidos de que jamás podrían descubrir el alma que con tanto ahínco habían resuelto acudir a inspeccionar; sencillamente porque aquel despreciable individuo carecía de ella. Se trataba simplemente de lo que muchos suelen denominar un perfecto y cretino desalmado.
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Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
