Carlos García Juliá

Si yo hubiera sido un asesino fascista profesional de la misma calaña que lo fue el convicto y confeso Carlos García Juliá por los asesinatos perpetrados en Atocha en el año 1977,  también hubiera observado durante mi estancia en prisión un comportamiento modelo, como corresponde a un sagaz delincuente capaz de no levantar sospechas en los educadores sobre las intenciones de fuga que tarde o temprano habrán de presentarse, sobre todo cuando hasta el alcaide y los guardas, hubieran depositado en mi persona toda su plena confianza de la que fui merecedor durante todo ese tiempo en prisión.

En el año 1980, la justicia le impuso una condena de ciento noventa y tres años de prisión y de la que se fugó cuando aún le faltaban por cumplir veinte años. No será necesario advertir que en el año 1991, mientras seguramente preparaba su fuga, García Juliá fue puesto en libertad condicional de manera muy poco ortodoxa, sobre todo en relación al muy grave delito cometido en el que murieron tiroteados cinco abogados laboralistas.

Para ser breves, a partir de 1994 y de manera muy sospechosa se le concede permiso para instalarse en Paraguay por motivos laborales. A partir de aquí y durante veintidós años,  se mantiene prófugo de la justicia española durante los cuales viaja por toda América del Sur y Estados Unidos con documentación falsa, desempeñando muy distintos trabajos hasta que finalmente se instala en Brasil, dónde sería finalmente encarcelado y desde donde fuera reclamado por las autoridades españolas.

Al parecer, según se ha sabido ahora, le faltaban aún diez años por cumplir, pero sus abogados han recurrido a una serie de triquiñuelas, aparentemente legales, para que la audiencia de Ciudad Real consiga otorgarle una serie de beneficios penitenciarios por redención de penas, por el trabajo llevado a cabo y, también, por buen comportamiento. Estos beneficios incluyen setecientos ochenta y siete días por redención extraordinaria y cuatrocientos veintinueve por estancia de prisión en Brasil.

De manera que éste falangista, asesino a sueldo de la extrema derecha española vigente todavía en los primeros años de la democracia y cuyo peligro puso de manifiesto sin piedad alguna contra aquel bufete de abogados de Atocha, puede verse hoy, si Cristina Almeida no lo impide, beneficiado de una libertad condicional basada en todos los falsos argumentos esgrimidos por la Audiencia de Ciudad Real, lo que también da idea de las profundas conexiones que en nuestro país todavía conservan ciertos grupos de presión para considerar a este múltiple  asesino completamente regenerado, sobre todo después de saberse no sólo su conexión con el narcotráfico mientras estuvo exiliado, sino, además las muy distintas suplantaciones de personalidad de las que fue objeto en el extranjero para tratar de pasar completamente inadvertido para las autoridades españolas y la Interpol hasta que fuera detenido, por fin, en Brasil y extraditado a nuestro país.

De manera que no me parece justo que un criminal como García Juliá se haya pasado veinte años disfrutando de una vida totalmente ajena a las vicisitudes sufridas por los familiares de las víctimas, además de las secuelas que dejó en aquellos otros que quedaron vivos como para que una oscura Audiencia de provincias decida poner en libertad a un personaje de tal calado criminal con unos argumentos tan futiles como, por ejemplo, el de buena conducta.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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