domingo, septiembre 25, 2022
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Las lágrimas de san Lorenzo

Mi madre me decía: —Cuando vienen no convienen y, cuando convienen no vienen, y mis amigas me animaban: —No hay quinto malo.

Tenía cuatro hijos y el anuncio de un nuevo embarazo hacia saltar por los aires todos nuestros planes. Es verdad que esos pensamientos solo me rondaron una semana.

Tras la sorpresa inicial estaba encantada. Disfrutaría de mi nuevo hijo como si fuera el primero.

En la noche de lluvia de estrellas más importante del año, el día de las lágrimas de San Lorenzo nació mi hija. Quería presenciar esa noche mágica porque se adelantó algo más de un mes sobre la fecha prevista de parto.

Entonces no lo sospeché, pero venía con ganas desmedidas de vivir la vida. —Menos peso que sus hermanos y más frágil, pensé, habrá que criarla entre algodones.

Pronto nos dimos cuenta de que prematura sí, pero lo compensaba con un marcado carácter, una fuerte personalidad.

En la cuna prometía. Por altos que fueran los barrotes los saltaba todos. No había manera de pararla. Era un auténtico torbellino.

Más veloz que el viento. Preparaba sus actuaciones estelares en solo unos segundos. No la podíamos perder de vista. Nos tenía en alerta máxima desde que empezó a gatear. Enchufes, cables, cajones. Los tocaba, los retorcía, los abría y con suerte lo volcaba todo. Nadie se explicaba cómo lo hacía pero lo conseguía.

Cuando empezó a andar, no solo corría, también trepaba. En más de una ocasión la sorprendimos subida a un escalón abriendo las botellas de leche… los litros corrían por el fregadero a gran velocidad. Tras la hazaña aplaudía y ponía carita de no romper un plato.

Además, su actividad era incesante. Mientras hacía una trastada preparaba la siguiente en su dinámico y revolucionario cerebro. No paraba quieta. Era imposible de seguir.

Tenía un carácter indomable a pesar de su edad. Era libre y valiente. Audaz y atrevida. ¡Y solo tenía dos años y once meses!

Con ella había llegado la algarabía, el desenfreno y la revolución a nuestra casa.

Nos íbamos de vacaciones. Nuestra casa estaba en ebullición. Efervescencia en estado puro. La tensión y el trabajo del curso desembocaba ahora en un torrente de emoción y excitación. Quién no desea terminar el curso soñando con las ambicionadas y ansiadas vacaciones.

Todas las maletas estaban preparadas. Las bolsas se multiplicaban. Los paquetes de última hora se añadían a todos los anteriores. Y ahora, había que intentar meter todos los bultos en el coche.

Como si se tratara de una cuadrilla del ejército intentábamos organizar el traslado para su colocación. —Primero, las maletas grandes. —Después los paquetes duros. —Y, por último, las bolsas que sean blandas para que sean aplastadas al cerrar el maletero.

Toda la familia corría de un sitio a otro cargando el ingente equipaje.

Entre tanto ir y venir, de pronto, alguien se acordó de nuestro pequeño terremoto. Al buscarla vimos como su pequeño e inquieto cuerpecito se encontraba flotando en la piscina.

Había conseguido abrir la puerta de acceso a la piscina que estaba cerrada con un candado. Nadie pudo explicar jamás cómo fue posible que un número caprichoso elegido al azar hubiese sido desvelado por una niña de dos años y once meses mientras jugaba. El destino se había aliado en nuestra contra.

Una vez más, ningún cierre se ponía por delante. Demostraba hasta el final que no había puerta que no se abriera ante su desmedido afán por vivir nuevas experiencias. Incluso la de la travesía a la otra vida.

Su partida dejó silenciadas nuestras almas.

Su vida fue breve. Un suspiro. Un soplo de aire fresco. Una brisa que arrebató nuestros corazones. Un alma inquieta. Intrépida. Imparable. Valiente. Arrolladora. Nos quedamos paralizados. Descorazonados. Tristes. Mudos.

Un año después de su partida revivimos su fuerte presencia entre nosotros. Nos permitió evocarla de nuevo con profunda paz.

Desde entonces reservo una fecha en el año. Mi día, su día, nuestro día. La noche de las Perseidas, noche atrayente, luminosa. La noche de las estrellas.

Solo miro al cielo. Lo hago con todo mi cuerpo y espíritu. Armonía, sosiego y serenidad. Me acompaña su sonrisa permanente, su alegría y su particular y emocionante modo de vivir la vida.

Solo espero su presencia brillante. Siempre desconcertante y misteriosa.

Ansío ver: —¿Por dónde vendrá? —¿Cuánto tiempo permanecerá a la vista? —¿Hacia dónde se dirigirá? — ¿Volverá? — ¿Jugará a esconderse?

Jamás consigo saber cuánto tiempo voy a admirar su luz y su intensidad. Pero sé que está ahí. Libre como siempre. Inopinada. Espontánea. Súbita. Inesperada. Volando sin cortapisas. Danzando por el firmamento sin cadenas.

Cómo un ángel. Como lo que siempre fue y será. Una ráfaga veloz que ilumina nuestras vidas con su recuerdo fulgurante y resplandeciente.

Nuestra niña, nuestra estrella fugaz.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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