martes, julio 5, 2022
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Agujas de calcetar

Nunca había estudiado. Nunca había trabajado. No estaba satisfecha, pero tampoco sabía qué decisión tomar.

Amigas, hermanas y conocidas mejoraban día tras día. —Busca un trabajo, me decían tras oír mis quejas. —Ya irás mejorando. Lo importante es conseguir el primer empleo.

Por fin, entré a trabajar en una frutería. Despachaba de nueve a dos y de cuatro a siete. Patatas, naranjas, fresas, manzanas, espinacas, alcachofas… —¡No!, me decía. —No voy a pasar el resto de mi existencia matándome a trabajar por “cuatro euros”.

Dejé el trabajo, y las críticas de todos se volcaron sobre mí: —Estás loca. Te iba bien. Tendrías que haber insistido. —No puedes abandonar y renunciar a la primera dificultad. Trabajar es duro. Sudas, luchas y te fatigas. —Hay que empeñarse y perseverar, terminaba diciendo mi marido.

Él trabajaba como albañil en una pequeña empresa de construcción. Se sentía feliz con su exiguo sueldo, no necesitaba más. Nuestro hijo tenía ocho años y yo quería darle todo. Satisfacer sus deseos y caprichos, quería que fuese más que lo que éramos su padre y yo. —Eres una mujer de altos vuelos. Confórmate con lo que eres y tienes, me contestaba mi marido. Pero, no me convencía.

Un día tras dejarle en el colegio, los obreros concentrados en un momento de asueto en una obra me lanzaron unos piropos de tono subido. Entonces, lo vi claro.

De pronto, sabía qué quería hacer con mi vida.

Lo primero era montar una empresa. Compré agujas de calcetar y lana de distintos colores. Montaría una empresa. Tricotaría como había hecho cuando mi hijo era pequeño. Vendería chaquetas, ranitas, abrigos, trajes de bebé. Todo de punto. Mi madre nos había enseñado a calcetar: del derecho, del revés, aumentar, disminuir… Fue de las pocas cosas que logré aprender. Se me daba bien. Diseñaría los distintos modelos. Vendería por internet a tiendas y a particulares. Y abrí una página en Internet: https://www.tricotando.com

El segundo paso era mostrar a todos lo que ya tenía. Le presenté todo a mi marido y a mi hijo. —Las cosas cambiarán en casa. Estoy decidida. Me dejaré la piel en el intento.

A mis amigas y familiares les fascinó mi idea. Me vieron decidida y celebraron mi determinación. Había dejado de ser pesimista con las expectativas de mi futuro. Todos me animaron y aplaudieron mi arrojo, audacia y valentía.

Compré un ordenador con una buena cámara. Instalé un sillón ergonómico. Era una buena butaca tapizada en un blanco aterciopelado que invitaba al sosiego, a la intimidad. Admitía numerosas posiciones. Y giraba y giraba. La cámara podía grabar todo mi cuerpo, pero no más arriba del cuello.

Guardé bien las contraseñas para que nadie pudiera acceder a mis archivos. Ahí estaba el secreto de mi trabajo. Abrí una cuenta corriente solo a mi nombre. En ella ingresaría todo el dinero obtenido. ¡Sería como coser y cantar!

Mi marido me recriminó: —No sé por qué necesitabas una cámara tan potente y un sillón tan caro. —Necesito que se vea bien el trabajo que hago. No te preocupes porque ganaré dinero y lo amortizaré todo en poco tiempo.

Empecé a tener clientes. Muchos se hicieron fieles y cada vez más habituales. Me necesitaban. Demandaban mis servicios y mi tiempo. En un corto espacio amplié mi clientela. —Eres muy buena, me decían.

Mantenía mi anonimato. Mi cara nunca era visible, aunque sí se me oía la voz. Mis susurros, balbuceos y lamentos llenaban el espacio, la habitación y navegaban por el espacio virtual. Cada vez más insinuantes, provocadores y sugestivos. Incitaba, excitaba y persuadía a mis clientes. Cuando estaba sola se me escapaban aullidos impúdicos, indecentes y tentadores.

Había una cantidad incontable de hombres insatisfechos. Conmigo encontraban el deleite y el gozo que buscaban.

Necesitaba más y más tiempo. Era tan extensa la lista de clientes que matriculé a mi hijo en actividades extraescolares para poder trabajar más horas. Siempre que llegaba a casa le enseñaba las piezas de lana que se suponía iba haciendo. Y le mostraba la página de los modelos de bebé. Claramente le aburrían.

Muchas noches, aprovechando el profundo sueño de mi marido y de mi hijo, atendía a clientes especiales. Ganaba cantidades ingentes de dinero. Era una profesional de éxito.

Nuestros familiares y amigos me felicitaban. No entendían cómo era posible que sin ayuda de nadie y con tan solo un ordenador hubiera llenado las tiendas de bebés de productos hechos por mí. Se sentían orgullosos de mi talento. —Tienes mucho ingenio diseñando, decían con alegría. —La educación que le das a tu hijo con tu ejemplo es brillante. Extraordinaria. —Pocos tienen una madre tan virtuosa como tú. —Tu madre es abnegada y sacrificada, le decían a mi hijo. —Tu perseverancia es envidiable. Pocas renunciarían a su descanso diario para mejorar tanto la economía de su casa, terminaban.

El día había sido agotador, pero esa noche volvía a tener trabajo. Me levanté de la cama y fui al cuarto de baño. Al salir vi a mi hijo: —¿Qué haces levantado? —Ya me voy a la cama, me contestó, y añadió: —Me desperté. Iba a ir al baño, pero estabas tú. Buenas noches, mamá. —Tendré que ser más silenciosa, me dije.

Al llegar a mi habitación de trabajo, el ordenador estaba encendido. Mi sillón estaba usado. Intrigada estuve indagando, buscando las huellas que hubiera podido dejar mi hijo en el ordenador. Él nunca lo usaba, o al menos, eso creía. Tenía que comprobar qué había sucedido antes de contactar con mis clientes.

Entonces, descubrí que mi hijo era el más aventajado de los alumnos. Había escondido muy bien los archivos, pero los vi. Al abrirlos lloré. Lloré con rabia, impotencia, dolor y pena. Las agujas de calcetar que adornaban la habitación se clavaron en mi alma. Mi hijo de nueve años recién cumplidos se prostituía con su imagen a través de las redes. Vendía su masturbación y cientos de imágenes de sexo explícito al mejor postor.

Él se había adentrado en mi secreto. Sabía lo que hacía y los magníficos ingresos que obtenía. Como otros niños, había querido imitar y ser como era realmente su querida, admirada e idolatrada madre y lo había conseguido superándome con creces.

Al final mi tapadera había caído llevándose por delante a quien más quería.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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