Aunque hay personas, por llamarlas de alguna manera, que se ronchan con las definiciones de la Real Academia de la Lengua Española a mí siempre me ha gustado ser lo más estricto posible con éstas. Terrorismo en su primera acepción es la dominación por el terror. La segunda nos habla de sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror y la tercera dice que es una actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.
Cinco años hace ya de la barbaridad de Las Ramblas de Barcelona, cuando un terrorista musulmán se lanzó por el centro de esta emblemática vía con el fin de hacer el mayor daño posible. Cualquier calificativo despectivo para esta miserable acción en nombre de su dios, respaldada por algún imán y sus acólitos, me parecerá poca cosa, no merecen llamarse personas. Nuestro idioma común, el oficial, es bastante dócil a la hora de definir algunas situaciones; vandalismo, violencia callejera, terrorismo de bajo nivel… cuando verdaderamente el objetivo de todas estas conductas deplorables es conseguir la alarma social intentando hacer que sus ideas prevalezcan por medio de la violencia y la cobardía.
En España la lacra terrorista tiene tras de sí una larga estela de sangre y terror. Una sola víctima asesinada por razones políticas o religiosas ya es un precio muy caro que un Estado democrático no debería estar dispuesto a pagar. Ninguna democracia debe bajar la cerviz ante los violentos.
Lo más lamentable del terrorismo y lo que más escarnio provoca es que haya individuos e individuas que justifiquen esas acciones, que aprovechen la coyuntura política o algún acto para obtener algún reconocimiento por parte de gente sectaria que es incapaz de ver más allá de su nariz. De personajes que lo mismo revientan un acto de recuerdo de las víctimas o hacen recibimientos como héroes a pistoleros como si de un Western barato se tratara.
En lo que respecta a lo sucedido en el homenaje a las víctimas del yihadismo radical de Barcelona se ha dicho: “Con la misma contundencia que utilizamos desde hace 5 años para reclamar una comisión de investigación conviene decir que: No respetar un minuto de silencio en recuerdo a las víctimas de un atentado es miserable. Y sacar rédito político de ello, despreciable. No en mi nombre”. Tiene usted razón señor Rufian, en mi nombre tampoco y esa reflexión debe ser aplicable a todas las víctimas de todos los lugares.–Confucio.
