InicioCULTURALa chica más guapa del mundo

La chica más guapa del mundo

Nací en Saint Louis, allá en el estado de Missouri. Aprendí español de jovencita con la ilusión de viajar a Europa, y, sobre todo, conocer España. Había oído que los españoles eran muy abiertos. Charlaban, reían, bailaban y estaban siempre en la calle. ¡Qué ganas tenía de viajar a España! Mi madre no era muy partidaria. Le parecía un pueblo atrasado. Vivíamos en los Estados Unidos de América. —¿Qué se te ha perdido allí?, me preguntaba. —¿Qué puede haber en España que no encuentres en Estados Unidos?

He olvidado decir que soy hija única, y que mis padres estaban divorciados. Mi padre volvió a casarse, pero mi madre no, y yo era su única compañía.

Pero las ilusiones hay que cumplirlas y, por supuesto, viajé a España. Veintiún años tenía cuando aterricé. Me pareció un país sin igual. Era extraordinario. Ni en mis mejores sueños lo hubiera imaginado como era en realidad. La gente, en efecto, se divertía, estaba en la calle, se reunía en casa de unos o de otros. Siempre tenían algo que celebrar, y lo hacían comiendo y bebiendo, y luego, si se terciaba, bailando.

Vivían con la alegría dentro y la expresaban continuamente hacia fuera. Como era de esperar, me enamoré de un español. Me encantaba. Mi madre lo sospechó incluso antes de que empezáramos a salir. Para intentar evitar lo inevitable me llamaba para ofrecerme sugerentes planes que nada me satisfacían.

El amor a primera vista maduró y en dos años decidimos casarnos. Había una única cosa que no me gustaba de mi novio: siempre me hablaba de su anterior novia, a la que conocí integrada en su grupo de amigos. No paraba de repetirme lo mismo: —¡Mírala! Es la chica más guapa de Madrid. Tiene un estilo insuperable. Cualquier cosa que se ponga le sienta de maravilla.

Me hablaba una y otra vez de su pelo, de su larga y ondulada melena de color oscuro, de sus ojos negros. —Pues yo, como la mayoría de las americanas, soy rubia, tengo los ojos azules y llamo mucho la atención, le contestaba. Nunca se lo dije, pero sentía unos celos terribles. ¡Cómo era posible que me hablara así de su ex!

Un caluroso siete de julio nos casamos. Mi padre vino para ser mi padrino. Mi madre ni siquiera quiso asistir en un día tan significativo para mí. Me casé sin su presencia. Estaba enfadada y ya no lo ocultaba, ni disimulaba: —Con la cantidad de americanos que hay por el mundo y vas y te casas con un español.

A pesar de las difíciles ausencias emprendí mi aventura matrimonial con una ilusión desmedida. Sin embargo, mis ganas y mi denodado esfuerzo no fueron suficientes, y nuestro matrimonio hizo aguas desde el comienzo. Después de dos años casada decidí poner el Atlántico por medio durante los dos meses de verano.

Ansiaba que se diera cuenta de lo que perdía sin estar conmigo. Volví a mi casa en Madrid, pero no porque él me lo pidiera. Solo me había llamado una vez a la semana, y no siempre terminaban las conversaciones como debían en un matrimonio casi recién casado.

Las cosas no habían cambiado, pero yo seguía enamorada. No quería rendirme y, a pesar de mi juventud, esperé a que transcurriera el largo invierno. Solo entonces decidí marcharme para siempre.

Tres años después, ya en mi país, conocí a un hombre. Esta vez sí, americano. Me casé con él, tuvimos dos hijos y recuperé mi vida.

Casi treinta años después de dejar España, regresé. Recorrí con ilusión distintas ciudades a lo largo de la geografía española, dónde había dejado grandes amigos. Disfruté de nuevo durante mi estancia en un país adorable.

Cuando llegué a Madrid, acudí invitada a la casa de la exnovia de mi primer marido. Estaba felizmente casada y con dos hijos. Llevaba diez años luchando contra el cáncer. Primero fue un cáncer de mama, después un cáncer de pulmón. A los cinco años de superarlos volvió a aparecer el cáncer de pulmón. Y otros cinco años después el cáncer le volvió a hacer otra visita, no habiendo sido invitado.

Comimos en su casa y pasamos toda la tarde conversando sobre nuestras vidas en las últimas tres décadas. Hablamos de nuestros hijos y maridos, de los viajes que habíamos hecho y, por supuesto, de los retos que nos habíamos encontrado en el camino, especialmente ella. En ese momento, algo llamó mi atención: la tranquilidad con la que lo relataba era asombrosa. Ni un solo lamento, ni una sola queja. No hablaba de mala suerte. Tampoco buscaba consuelo ni inspirar pena o lástima.

Por el contrario, su fortaleza, valentía y optimismo ante la vida y las dificultades me impresionaron. Lejos de acaparar la atención, sonreía y me animaba con mis pequeñas crisis. Pude ver cómo todo su padecimiento le había hecho apreciar y valorar las pequeñas cosas por encima de lo banal y material.

Entonces, recordé mis celos de antaño. Siempre me había preguntado: —¿Por qué aquella chica de melena negra cautivaba a quienes la conocían? Ahora lo entendía.

Su larga y espectacular melena ondulada y negra había desaparecido. Los agresivos tratamientos se la habían arrebatado. Pero intacto permanecían su coraje, templanza y generosidad. Era más animosa y brava. Encantadora. Su alma rebosaba una conmovedora entereza, paz y serenidad.

Al salir de su casa me dije: —Hoy he estado con la mujer más guapa del mundo.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

 

La belleza está en el interior.

Artículo anterior
Artículo siguiente
RELATED ARTICLES

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

- Advertisment -spot_img

ÚLTIMAS PUBLICACIONES