Una tradición tan cristiana como la Navidad, puede acabar, si Dios no lo remedia, en una gran tragedia mundial que coincidiría, este año precisamente, con el nacimiento del Salvador, quien a sus treinta y tres años, moriría por causas ajenas a la Covid-19 aunque igual o más dolorosa si cabe.
Ni siquiera ese acontecimiento que conmemora el nacimiento de Cristo en Belén puede frenar el avance de la pandemia como cabría esperar por una gran mayoría de católicos en nuestro país, dada la rigurosa fe que depositan en el propio hecho de la Natividad misma, por la que la Virgen María da a luz al que mucho más tarde se convertiría en el Redentor.
Con ello quiero aconsejar que, a pesar de los muchos milagros que se le atribuyen a distintas vírgenes o al mismo hijo de Dios, no deberíamos confiar sólo en su probada eficacia como para acabar con la voraz mortalidad que provoca el virus en cuestión. El mejor antídoto para combatirlo sería el de seguir los consejos que las autoridades sanitarias se esfuerzan a diario en dictar y permanecer el mínimo tiempo posible y personas reunidos bajo un mismo techo, aunque el lugar disponga de mejores instalaciones que las de un pesebre en medio de la gélida noche del desierto de un veinticinco de diciembre de hace dos mil veinte años.
De manera que con el respeto que también les debo a todos los creyentes y a pesar de que, según dicen, la fe mueve montañas, no es hora de comprobar la eficacia que tendría el peso de cualquier religión frente a un enemigo tan devastador como silencioso e invisible.
Al parecer la vacuna ya está en camino para auxiliarnos y lo ideal para todos sería que llegara a nuestro país en Navidad, como símbolo de una nueva forma de Advenimiento que haya de acudir de nuevo a redimirnos de nuestros graves pecados cometidos y para salvación de la humanidad entera.
A pesar de todo: ¡Feliz Navidad y próspero Año 2021!
zoilolobo@gmail.com
Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
