Tercera edad

Lo nuestro es ahora asistir a las bibliotecas públicas donde ejercitar el intelecto leyendo

Cabe esperar que la salida de la cuarentena, el próximo lunes, no se produzca como suele ocurrir en los Sanfermines, en estampida, sino que se haga de forma escalonada y a efectos concretos de trabajo, asistencia sanitaria, etc. Los muchos jubilados que como yo no precisan de tantas prisas, aún podremos permanecer en casa hasta ver cómo evoluciona el decrecimiento de la pandemia y asegurarnos un poco más la inmunidad necesaria como para no correr riesgos inútiles. No creo que los gorriones y las palomas nos estén esperando ya en los parques para que asistamos tan pronto a darles de comer como hacíamos por costumbre antes del internamiento obligado por las circunstancias. Tampoco se estarían produciendo demasiadas obras públicas en nuestros pueblos como para tener que asistir a opinar sobre la supuesta lentitud con que las brigadas de nuestros respectivos ayuntamientos se toman en acabarlas.

En ciertas encrucijadas y rotondas, los automovilistas no necesitaran todavía de testigos mayores como nosotros para tratar de dilucidar de quién ha sido la culpa en caso de colisión automovilística y ahorrarle con nuestro imparcial testimonio a la guardia urbana el perezoso esfuerzo de rellenar estadillos inútiles que las compañías de seguros rechazarían de inmediato.

Tampoco es momento todavía para asistir a funerales por tal de desear nuestro más sentido pésame a los familiares y amigos del fallecido, como si éste hubiera sido un conocido nuestro de toda la vida, cosa que no tendría la mayor importancia si se tiene en cuenta que todos aquellos que nos encontramos en esta franja de edad tan delicada, sólo por esa razón, ya consideramos al difunto como uno más de los nuestros.

De manera que ya no tenemos edad para pulular por los gimnasios y tratar de competir con esos atletas a quienes les doblamos la edad en sentido inverso a nuestras propias fuerzas y energías. Lo nuestro es ahora, en la mayoría de los casos, asistir a las bibliotecas públicas donde ejercitar el intelecto leyendo los cientos de lomos mientras paseamos a lo largo de los interminables pasillos frente a las numerosas estanterías repletas de libros, con lo que ya podremos presumir de haber andado ese día algunos kilómetros envueltos de sabiduría sin apenas darnos cuenta y en nuestro propio beneficio físico. Como creemos que lo sabemos ya casi todo, la lectura propiamente dicha la dejamos para cuando encontremos algún libro que, por alguna razón inexplicable, nos llame poderosamente la atención, como por ejemplo: “El guardián sobre el centeno”.

Y así pasaremos los días, sin molestar ni depender de nadie como no sea de la Seguridad Social, para la que, si queríamos llegar a tener acceso a ella, hemos tenido que demostrar la cantidad de años indispensables trabajados para tratar de velar por nuestra propia salud como ha sido esta vez el caso frente al Covid-19.

A pesar de todo, continuamos siendo indispensables, y si no que se lo pregunten a mi perrito, a los gorriones, a las palomas, a la Guardia Urbana, a las compañías de seguros de automóviles y, por último, a las Brigadas de Obras de nuestros Excelentísimos Ayuntamientos.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.