¿Qué es lo que obliga a una persona a mantener un compromiso de por vida con la sociedad en la que le ha tocado nacer?
No digo nada nuevo. Ya lo dijo Calderón de la Barca en su día:
¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Si en realidad uno nace libre, se supone que de momento no está comprometido a nada ni con nadie, pero eso no lo sabemos hasta que teniendo ya uso de razón, alguien te dice que tiene que ser así, sin que ni siquiera todavía te puedas sentir culpable de todo lo que acontece a tu alrededor, pero ya habrás pasado a formar parte de esa mayoría que te rodea y que por inercia te marca el camino a seguir desde que empiezas a forjarte una opinión sobre lo que significa nacer libre; pero no, porque según los padres de la Iglesia ya naces con el estigma del pecado original, un lastre que te condicionará para el resto de tu vida y del que no te habrías de sentir culpable cuando alcanzares el uso de razón.
Y nos vamos haciendo mayores sin tener siquiera la remota oportunidad de ser uno mismo durante el resto de tu vida porque, en realidad, te sientes sujeto a los avatares a los que te encuentras predestinado desde antes de nacer; sobre todo tanto en política como en religión. Yo mismo fui víctima de los rigores de una larga dictadura además de una educación judeo-cristiana que seguramente marcaría mi personalidad durante por lo menos un tercio de mi vida, pero, a lo largo del resto, dejaría, sin embargo, huella en mi propia personalidad como individuo, sobre todo, gracias a la influencia ejercida por la religión católica de la que todavía hoy me cuesta tanto desvincularme, hasta el punto de tener miedo a morir sin saber lo que me promete el más allá. Es por eso que tratando de contrarrestar tales miedos, me entrego a las conjeturas de las autoridades científicas en busca del consuelo y el perdón que, de momento, no me concede la Iglesia.
En cuanto a la política se refiere, sí que me encuentro en condiciones de decidir por mí mismo; pero decidir por uno mismo en el torbellino de esta sociedad, desgraciadamente, no es precisamente la panacea que se pueda encontrar en el seno de un determinado partido político, lo que nos obliga a estar al albur de las corrientes imperantes que sean coincidentes con tus criterios de libertad, de ética, de moral, etc., que satisfagan tus exigencias como individuo nacido contra tu voluntad y posteriormente condicionado por la educación que se te exige que tengas.
zoilolobo@gmail.com
Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
