Ni un pelo de tonto

Aún recuerdo la enorme alegría que le produjo a mi hermano la noticia del resultado del diagnóstico realizado por el psicólogo del Instituto Sansón cuando éste, después de que estudiase el informe definitivo, le confirmara que, efectivamente, no tenía ni un solo pelo de tonto.

Por el contrario, a mi me detectaron solamente uno y procedieron de inmediato a localizarlo.

Antes no sucedía como ahora, -todo a base de rastreos con escáneres y cirugía láser-, sino que, para estos casos concretos, peinaban a mano, nunca mejor dicho, la superficie craneal después de haberla cuadriculado en centímetros para luego analizar en el interior de cada uno de ellos la colonia de cabellos contenida para tratar de dar con el o los afectados, extraerlo y eliminar para siempre su folículo piloso a fin de que no volviera a nacer.  Para un solo cabello, como fue mi caso, se necesitaban hasta dieciséis horas de trabajo.

De manera que a día de hoy, mi hermano y yo, somos de las pocas personas que podemos presumir de no tener ni siquiera un solo pelo de tonto y, sin embargo, ninguno de los dos nos hemos dedicado nunca a la política.

De la misma manera que procedimos nosotros a nivel particular, no estaría por demás que este tipo de análisis les fuese practicado por obligación y en particular no solamente a todos los funcionarios de la administración pública del estado sino, además, a todos aquellos afiliados que desde las listas de sus respectivos partidos pretendan dedicarse a la política en activo. Otro gallo nos cantaría.

¿Se han fijado ustedes en la cantidad de políticos en funciones que deberían pasar por el Instituto Sansón de psicología? A muchos de ellos, con una simple entrevista o un elemental examen psicotécnico, sería mucho más que suficiente como para encontrarles un empleo fuera de la política, mucho más acorde a sus respectivas capacidades intelectuales.

Para terminar y sin que sirva de precedente, debo advertir de otra variante del mismo síndrome, pero mucho más sofisticada si cabe. Es la que se conoce, con perdón, bajo el despótico nombre de tonto del culo y para cuyo caso, desgraciadamente, no existe todavía una terapia determinada que se pudiera programar para tratar de evitar que gente como ciertos periodistas conocidos de todos los tertulianos, alcancen el ridículo de la manera tan procaz como el que vienen haciendo en los distintos platós de Televisión aquí en España. El primero colgado siempre de una abultada cartera de cuero con asa en cuyo interior guarda una cantidad ingente de bocadillos de los que irá dando cuenta a lo largo del día antes de entrar a los distintos platós como invitado y el otro, parapetado siempre tras una sonrisa de fichas de dominó unas veces y teclas blancas de piano otras para no sólo desafinar convenientemente a su favor sino afirmar los auténticos eructos que salen de la boca del primero, ¿no? Sandeces, por otro lado, de las que los psicólogos del mundo entero atribuyen a los afectados graves por el llamado síndrome de tontos del culo.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes