En vista de que a mis enemigos naturales no los he encontrado con el talante sedicioso de otras veces, me he tomado un respiro en centrar toda mi atención en la envidiable democratización del espacio público llevada a cabo por la gran población de mascotas, -en general perros-, que concurren en un pueblo como en el que vivo y cuyo comportamiento me ha llevado a reflexionar sobre el particular.
A fuerza de ser tantos y tener que convivir junto a sus dueños en el espacio limitado de la ciudad, he constatado que los perros, prácticamente, ya ni se pelean entre sí. Al contrario, se detienen, se saludan para continuar luego su camino mientras agitan el rabo al costado de sus dueños, sin que se oiga ya un mal ladrido por parte de ninguno de ellos.
He notado que también respetan la edad de sus mayores. En el caso de mi Patxi, un bichón maltés de quince años de edad y sólo seis quilos de peso, su avanzada edad le permite gozar de una inmunidad sin discusión entre otros muchos que, incluso, le triplican en peso, cosa que es de agradecer, sobre todo cuando te cruzas con un gran danés o un pastor alemán, por poner sólo dos ejemplos de perros más pesados que el mío.
Por lo tanto, deduzco que ya todos se conocen y, además, se aceptan por lo que no creen tampoco necesario discutir gratuitamente entre ellos, obviando que, además, a pesar de pertenecer a distintas razas y que incluso algunos presumen de pedigree, forman una alianza común preestablecida solo por instinto, frente a la imbecilidad de sus propios dueños, a quienes adoran porque, precisamente, desde la perspectiva del animal, no damos más de sí.
Al comentar estas auto-deducciones con mi compañera Carmen, amante como yo de los animales, de inmediato ella quitaría importancia a las conclusiones que al respecto había llegado yo a fuerza de sacar al perro cada día a pasear por el casco urbano con el objeto, sobre todo, de tratar de socializarlo. Como quiera que me sintiera tocado en mi amor propio debido al hecho de no darle la importancia que a mí me merecía tal observación, ella se limitaría a responderme de la siguiente manera:
“Mira, Zoilo. ¡Fíjate sin son inteligentes los animales y en este caso concreto los perros, que ni siquiera hablan. No les es necesario. Sólo les basta su intuición y su instinto! Con eso te digo todo”.
zoilolobo@gmail.com
Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
