Abdominales

Siempre sentí vergüenza, modestia aparte, de lo marcado de mis abdominales, hasta tal punto que mediante una dieta de nutrición apropiada, decidí revestirlos de una gruesa capa de tejido adiposo para ocultarlos de las maliciosas miradas de todas y todos aquellos que sólo valoran de cualquiera lo que  de inmediato salta a la vista. Todo empezó el pasado verano en la playa, cuando el parpadeo incesante de ciertas miradas ya maduras, agitaban el aire fresco de la mañana al emerger yo del agua tras un largo de media milla nadada de espaldas.

De manera que para mí, el presumir de unos abdominales de semejantes características me ha producido siempre una incómoda desazón difícil de soportar en un país donde el culto al cuerpo se halla muy por encima de otras distintas disciplinas. Esa y no otra fue la causa que me obligara a consultar con un nutricionista de prestigio para que me recomendara una rica dieta en grasas y azúcares con la única finalidad de disimular aquellas protuberancias con las que no me sentía nada satisfecho, de tal modo que tras sus acertadas recomendaciones y tras varios meses de disciplina culinaria, puedo hoy presumir de un orondo vientre sin rastro de adulteraciones artificiales cono las que comencé a padecer inmediatamente después de mi bautizo.

Me refiero a este capítulo de mi vida privada porque aquella adulteración no se produjo como consecuencia de una herencia genética sino que según supe muchos años más tarde, se debió concretamente a una extraña deficiencia durante la liturgia de mi bautismo en una sencilla iglesia de La Cuesta en la que el párroco decidió sumergirme en la pila bautismal asiéndome por el llamado tendón de Aquiles hasta que el agua cubriera por unos segundos todo mi cuerpecito.

A partir de entonces y por alguna razón que todavía continúa siendo motivo de debate en la medicina deportiva, comencé a desarrollar una musculatura muy poco común en los niños de mi edad. Con diez años aproximadamente, ya podía presumir de marcados abdominales, dorsales bien pronunciadas, bíceps extraordinarios para mi edad, tríceps formados, etc., amén del resto de también robusta musculatura en el tren inferior.

Ni que decir tiene que algunos años más tarde, algunos científicos, alarmados por un fenómeno tan extraño, tomarían la decisión de analizar adecuadamente aquellas aguas bautismales, intentando averiguar si su origen podría ser el causante de tanto efecto muscular en mi persona, pero, desgraciadamente, los análisis resultaron ser del todo negativos. Sin embargo, sesudos teólogos desplazados a La Cuesta, sólo pudieron constatar, aunque no probar científicamente, que el agua en cuestión, al ser bendecida entonces, hubiera sido posible que obrara un milagro que ni siquiera mis padres habían solicitado, según declararon ante un Tribunal Eclesiástico.

Lo que resulta muy extraño es que ningún otro niño bautizado en aquellos años, hubiera padecido tal síndrome de robustez.

Por entonces, para un católico como yo bautizado por un párroco de pueblo de aquella extraña manera que me produjo semejante complexión atlética a tan temprana edad, supuso para mí un trauma de tal magnitud que me sentí obligado a aislarme voluntariamente del resto de los niños de mi barrio, ignorando sus juegos infantiles mientras yo me entretenía en levantar piedras de gran peso y tamaño.

Este drama acabaría para mí al final del pasado verano, en plena pandemia por el Coronavirus.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.