En una democracia saludable, la prensa desempeña un papel primordial: vigilar al poder, denunciar abusos, y garantizar que el pueblo esté informado de manera veraz y equilibrada. Pero ¿qué ocurre cuando el cuarto poder –la prensa– en lugar de fiscalizar, se convierte en un actor político más? Resulta que sus figuras más relevantes ya no informan, sino que editorializan, manipulan y polarizan. No hablo de derechas o izquierda, la misma excrecencia es.
En los países con mayor historia democrática, la figura del periodista es solo la del intermediario entre los hechos y la sociedad; ahora ha mutado convirtiéndose, en muchos casos, en un agitador, un juez y parte, una figura pública con más influencia que muchos políticos. La televisión, la radio, y la prensa escrita o digital han convertido a algunos comunicadores en verdaderos caudillos mediáticos, respaldados por audiencias fieles que los siguen no por la calidad de su información, sino por su capacidad de confirmar prejuicios en su caja de eco.
La impunidad con la que operan algunos periodistas es alarmante. Pueden difamar, manipular titulares, sacar declaraciones de contexto o directamente mentir, sin consecuencias reales. Cuando se les interpela, se refugian en la libertad de expresión, una conquista democrática que invocan para blindarse de la rendición de cuentas, incluso cuando su discurso bordea —o atraviesa— los límites éticos y legales. Todo ello apoyado por los jefes de prensa o portavoces de los distintos partidos, estos políticos de medio pelo designan a quien responden y marcan a fascistas, nazis, comunistas, reaccionarios y todos los que incomodan con sus preguntas, todo ello con la aquiescencia de sus lamedores de botas de salas de prensa.
En lugar de contribuir al debate público, muchos comunicadores lo enturbian. En lugar de construir puentes, levantan muros. Se presentan como abanderados de “la verdad”, cuando en realidad sirven a intereses empresariales, ideológicos o partidistas. La polarización no es una consecuencia colateral, sino una estrategia deliberada: dividir a la sociedad genera más clics, más rating, más ingresos.
Este texto no trata de atacar a la prensa en su conjunto. Aún existen profesionales comprometidos con la verdad, que contrastan fuentes, que informan con rigor, que mantienen la ética periodística como brújula. Pero están siendo arrinconados por los voceros de trincheras, por opinadores que disfrazan de información lo que no es más que propaganda.
Esta situación, lejos de fortalecer la democracia, la erosiona. Los políticos de uno u otro lado aplauden y protegen a sus voceros mientras una ciudadanía expuesta a versiones antagónicas de la realidad, incapaz de identificar qué es cierto y qué es manipulación se encuentra vulnerable al fanatismo. Cuando la confianza en los medios cae —y lo está haciendo en casi todo espectro—, el espacio lo ocupan las falsas noticias, los algoritmos y los discursos de odio de la derecha y la izquierda.
Una prensa libre es vital para la democracia, pero la libertad no es licencia para destruir el tejido social. Ni el gobierno ni los partidos políticos deben meter sus zarpas en la libertad. Es hora de repensar el papel de los periodistas y recordarles —y recordarnos— que informar no es polarizar, y que tener un micrófono o una plataforma mediática no exime de responsabilidad. —Confucio.

