Que a los gobiernos socialistas les gusta reprimir es un hecho y que los extremos se tocan también lo es. Como en los peores tiempos de la dictadura, el gobierno de Espanzuela pretende evitar que ocurra como en la república de los plátanos maduros, anaqueles vacíos por la inoperancia del presidente electo o el ministrillo de turno. Los espanzuelanos se encuentran con una nueva modificación legal en la que se pueden limitar la cantidad de artículos que puedan ser adquiridos por cada comprador.
Dicen que estas limitaciones se adoptarán dentro de un marco de urgencia para evitar desabastecimientos y cuando existan situaciones excepcionales o de fuerza mayor que lo justifiquen. En estos casos los establecimientos podrán limitar el número de unidades máximas por artículo. Según la normativa aprobada, «estas medidas deberán estar justificadas y se adoptarán de manera proporcionada cuando sea necesario para impedir el desabastecimiento y garantizar el acceso de los consumidores en condiciones equitativas«.
La verdad es que la medida resulta razonable, lo que ya no lo es tanto es que los presuntos progresistas que mandan a golpe de decreto este país imaginario son muy amigos de limitar las libertades y de criticar todo aquel que les lleve la contraria. Les gusta desprestigiar acusando de fascistas a los que no les apoyan o los equiparan con el diablo rojo amante de la guerra. Es marca de la casa ese ramalazo totalitario y ejemplos hay unos cuantos.
Estas medidas de racionamiento –espero nunca lleguen a producirse– provocan un retroceso en el tiempo bastante notable. Pensábamos que los de la memoria histérica no adoptarían medidas que el ciclán dictador tomó para controlar y repartir los productos de primera necesidad. En esta modificación de la ley se debería incluir una regulación de los precios para evitar el enriquecimiento espurio de aquellos que su moral pueda dejar de ser íntegra.
Dar la opción al que despacha el producto puede ocasionar acaparamiento de mercancías para posteriores beneficios. Recuerdo que mi abuelo –paz descanse– me contaba que los inspectores de abastos controlaban las ventas para evitar que el azúcar, la leche, el aceite… no superasen los márgenes comerciales a los que habían sido adquiridos. El ventero debía aportar una factura con el sello de abastos en el que se indicaba el precio de compra y no podía rebasar al venderlo el margen comercial autorizado.
Cuando se legisla se debe tener en cuenta todos los factores posibles que puedan ocasionar un menoscabo en la población; evidentemente a sus señorías espanzuelanas poco les importa que el aceite esté a un precio u otro, con sus “modestos” sueldos poco o nada notarán el aumento brutal del IPC. Poco les importará si el surtidor de gasolina marca una cantidad u otra, a fin de cuentas, el combustible del coche oficial lo pagamos usted y yo.
Lo único cierto es que han regresado los antiguos monederos –y no me refiero a nadie que ha estado bajo la lupa de hacienda– hablo de aquel que se llamaba monedero taconera en el que se guardaba la calderilla. Todos nos hemos vuelto un poco indepes –la pela es la pela– y hasta nos agachamos si vemos 1 céntimo. El regreso del racionamiento, porque a fin de cuentas es eso, nos obligará a ello.
Decía mi alter ego: “En un país mal gobernado, la riqueza es algo que avergüenza. Los cautos rara vez se equivocan. Aquél que procura asegurar el bienestar ajeno, ya tiene asegurado el propio. No importa si se avanza poco; lo importante es no parar”. –Confucio.
