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“Me elegisteis como capitán de este barco, y el capitán no se desentiende cuando viene mala mar”
No es la primera vez que se recurren a símiles grandilocuentes para justificar la permanencia en el poder. Resulta sorprendente que, en lugar de asumir la posibilidad de errores estructural en el equipo de gobierno, el capitán se presenta como el único que puede “capear el temporal”, desplazando el foco de las responsabilidades políticas reales hacia una narrativa épico personal. El amado líder no falla: son los marineros los que traicionan.
Apelando nuevamente al dramatismo de hombre enamorado que asegura “tener el corazón tocado” y que asume responsabilidades, al menos verbalmente, el capitán no asume las consecuencias reales que está generando la galerna política que da la impresión de dejar el barco al garete, sin “gobierno”. Bajo el disfraz de marinero y la verborrea náutica, subyace una estrategia política repetitiva y calculada, pero cada día menos creíble.
Las trece cortinas de humo presentadas como “medidas” poco tienen que ver con una auténtica regeneración. Como en casos anteriores, todos presuntos, de corrupción, puteros y amaños la reacción del capitán sólo llega cuando el escándalo es inocultable, y siempre traslada la culpa a otros sin importarle las cabezas que deban rodar.
El modo de autocrático, que no autocrítico, de pilotar la nave lleva que a figuras relevantes y muy próximas o socios en el puente observen con creciente desconfianza al modo de gobernar en solitario sólo apoyado por sus adláteres para blindar el aparato de su estado.
Compararse con un capitán puede ser inspirador. Pero también recuerda al capitán Ahab, el obsesivo del Moby Dick de Melville, cuya terquedad termina hundiendo su barco. ¿Hasta qué punto este capitan confunde resistencia con aferrarse al poder? ¿Cuántas veces más podrá envolverse en la bandera del sacrificio sin que la ciudadanía vea en ello puro cálculo?
Ya no se navega en aguas tranquilas y lo que está en juego no es la reputación de un líder, sino la credibilidad de las instituciones ante una ciudadanía harta de escándalos y relatos vacíos. Por último, si el capitán no está capacitado o no actúa cuando debe, en ese supuesto buque hay un primer oficial, jefe de máquinas, etc. que como oficial de mayor rango puede asumir el mando temporalmente, especialmente si es constatable la inacción pone en riesgo la seguridad de la tripulación, los pasajeros o el propio buque.–Confucio.
