Vergüenza ajena

¿Qué significa un leoncito para tu estantería?

¿Qué interés que esté por encima de la salud pública ?

Por si fuera poco, hoy hemos asistido a un acto tan innecesario como vergonzoso. Lo de asistir es un decir porque cualquier ser responsable como me creo yo mismo, de haber sido invitado en tales circunstancias, estoy completamente seguro que hubiera declinado la interesada cortesía de un medio de comunicación de las características de El Español en su propio beneficio, no tanto en el mío. ¿Qué significa un leoncito para tu estantería? Ni siquiera hoy los televisores son como los de antes, con una superficie superior capaz de soportar el peso de un gran pez de cristal hueco, una sevillana con faralaes o, como en el caso que nos ocupa, un león de acero inoxidable o algo así.

¿Qué interés que esté por encima de la salud pública suscitan unos ridículos premios, concedidos por un diario cuyo director, Pedro J. Ramírez, solamente ha pretendido impulsar por egoísmo la dimensión de la audiencia de su periódico con respecto a otros distintos medios de probada eficacia, pero a los que él no considera tan competentes?

Allí  se dieron cita desde líderes de las principales fuerzas políticas, miembros de gobierno en activo, deportistas, empresarios y hasta militares de alta graduación porque, como casi siempre ocurre durante estos últimos 5 años, los leones en cuestión estaban supuestamente destinados esta vez a premiar la eficacia de las Fuerzas Armadas por su labor contra el Covid-19 durante la pandemia, al presidente y consejero delegado de Naturgy, Francisco Reynés, por la mejor gestión empresarial y al entrenador del Real Madrid de Baloncesto, Pablo Lasso, como mejor deportista, siempre según el criterio sospechosamente sesgado de El Español.

Pero toda esta parafernalia a la que suelen acudir como moscas a un panel de rica miel, no morirían tanto como dos mil zánganos presos de patas en él, pero sí que estuvieron a punto de contagiarse unos quinientos asistentes que ni siquiera por vergüenza fueron capaces de protegerse con las mascarillas de rigor en la medida que intentaba hacerlo el mismo ministro Illa al que tampoco la mascarilla le daba muy buen resultado para lo mucho que bebía.

No hubiera parecido de recibo que el propio ministro de Sanidad hubiera tenido la desfachatez de poner firmes a los representantes de las Fuerzas Armadas por la nimiedad de no llevar puestas, como las ordenanzas indican, unas simples mascarillas con las que no hubiera sido posible chupar a gusto las exquisitas cabezas de las gambas y apurar, como en Versalles durante el carnaval, el Viuda de Cliquot bien fresquito de la nevera.

Pero dejaron la ventana abierta de la televisión y todo el populacho presenció la escena sin querer, pero hasta la saciedad (menuda saciedad ésta comparada con la otra). Y muchos exclamaron ¡Pero si eso lo sé hacer yo también aún mejor, lo que pasa es que no me lo permiten! ¡Ya les enseñaría yo como se chupa la cabeza de una gamba sin manchar siquiera la mascarilla!

Y claro, no te lo permiten porque mientras tú estás obligado por ley, ellos lo están sólo por compromiso, lo que quiere decir que la ley diempre es de obligado cumplimiento pero el compromiso es sólo una medida de cortesía muy ambigua desde el siglo XVIII y que también puede servir sólo como pretexto o excusa.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia y Bellas Artes

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