Temores infundados

No hay nada como quedarse en casita

Es curioso, pero no estoy tan impaciente por salir como cabría esperar. Ni siquiera gracias a la oportunidad que me ofrece la inminente desescalada del confinamiento al que hemos sido sometidos desde hace ya tanto tiempo. No sabemos a ciencia cierta lo que nos vamos a encontrar ahí fuera, expresión que emplean mucho los americanos para referirse a la calle, sobre todo, cuando en ella no existen garantías de que cada uno de nosotros pueda encontrarse exento de ningún tipo de agresión voluntaria. Y agresión también significa que cualquiera, a propósito, pretenda, -a cambio de obtener tu monedero o billetera-, contagiarte sin ningún tipo de escrúpulos, el condenado virus.  Casos parecidos se dieron años atrás, cuando algunos decidieran amenazar a los transeuntes con jeringuillas supuestamente infectadas de aquel tan temido VIH para obtener un beneficio fácil basado en el pánico de los demás.

“No hay nada mejor como quedarse en casita”, solíamos confesar cuando las condiciones atmosféricas nos eran adversas en la calle o cuando el gentío tan numeroso reunido ante un determinado evento, rompía de tal manera la armonía, la paz y la concordia con la que habíamos decidido salir a pasear tranquilamente por la ciudad, que nos volvíamos a casa de inmediato. En tales casos, desde la ventana de nuestro hábitat cotidiano, nos atrevíamos a comentar: “no saben lo que se están perdiendo” mientras explorábamos nuestras modestas posibilidades de confort garantizado por aire acondicionado o calefacción, -según conviniera-, el televisor, la nevera, el microondas y casi siempre, de manera inevitable, una vez ya acomodados en el mullido sofá, haciendo elogio como de costumbre de nuestras dos modestas mantitas de lana escocesa para, echándonoslas luego  por encima, degustár una tablita de quesos variados, acompañada, como es natural, de una botella de buen vino de la Ribera del Duero, traídas, una y otro, expresamente desde la cocina para no perdernos ningún detalle de la peli de larga duración de TVE de esa supuesta apacible noche hogareña ajena al mundo exterior.

De manera que ya no se qué pensar al respecto: si salir y arriesgarme a lo peor o si, por el contrario, permanecer en casa el tiempo de seguridad suficiente que me permita albergar la esperanza de un nuevo descubrimiento inmunológico que me garantice, nunca mejor dicho, curarme en salud. Sin embargo, cuento con un hándicap muy poderoso e indispensable; y es que no puedo resistir la imperiosa tentación que me ha perseguido durante toda mi vida de fotografiar todo aquello que creo que pueda interesarme como documento gráfico de una época tan amarga y aciaga como la que nos ha tocado vivir éste primer cuarto de siglo XXI, cuando ya supero los setenta años y, para colmo, puedo ser víctima de alto riesgo.

No te lo pienses dos veces, me dije a mí mismo.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Artes y Bellas Artes

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