Temores Atávicos

Si, en general, la gente se diera cuenta de que la extrema derecha de este país muestra aún más radicalidad en sus planteamientos ideológicos que la izquierda convencional de toda la vida, le tendría mucho menos miedo de lo que se imaginan a formaciones de carácter político como la representada por Unidas Podemos, nacida como todos ya sabemos aquel ya lejano 11 M que muchos aún recordamos, pero que la espesa tradición española, heredada de los postulados más severos del régimen franquista durante tantos años, tan flaco favor ha hecho no sólo al conjunto de republicanos de siempre, sino también a socialistas y comunistas declarados desde que se instaurara la democracia en España a la muerte del dictador.

Llegaron Carrillo y La Pasionaria y con su importado tibio aliento eurocomunista conseguirían asentar la esperanza de un futuro mejor para la clase obrera española, sin sobresaltos que impidieran el sesgo tomado por el Partido Socialista al alcanzar, por primera vez, el poder en democracia. De manera que la presencia comunista en España no causó, ni muchos menos, el daño material ni moral que la derecha, todavía anclada por miedos atávicos al pasado, había vaticinado entonces. No pasó, pues, de ser un hecho histórico-anecdótico por lo que se refiere al devenir de las libertades tan esperadas en nuestro país.

Temer la presencia en un gobierno de cualquier partido político del color que este sea, es como tenerle miedo a la propia Democracia. De modo que no nos engañemos a nosotros mismos cuando asistimos a votar, porque el simple hecho de hacerlo significa siempre tener que elegir a uno en contra del miedo que para nuestros propios intereses suscitan los demás.

El hecho de que los españoles siempre hayamos necesitado la tutela de una paternal figura que se encuentre por encima del bien y del mal y, por ende, de todos nosotros también, velando aparentemente por nuestros propios intereses, ha propiciado la mala costumbre de que monarcas unas veces y dictadores otras hayan tenido que turnarse en el tiempo con el supuesto propósito de tener que velar por nuestro futuro político que más convenía en ese momento y en tales circunstancias.

Pese a que en la actualidad todavía disfrutamos de una frágil democracia consolidada, la presencia de un rey del que, -con los límites y ventajas que le proporciona la propia Constitución-,  aún creemos que continúa velando por todos y cada uno de nosotros, nos ha conducido a tener que llegar a admitir cuando no a imaginar sin reticencias que si no hubiera sido por la sonada intervención en su momento de Juan Carlos I, Tejero hubiera alcanzado su propósito sin paliativos. Hecho por el cual muchos españoles, entre ellos yo mismo, llegaríamos a creer que aquel trágico incidente pudo haber sido una burda y maquiavélica maniobra  por parte de la Casa Real para hacernos creer en la utilidad de la presencia permanente de una figura firme e imprescindible. En definitiva, de un tutor que vele por y para siempre por nuestro destino democrático, amparado en todo momento en los viejos temores que siempre han condicionado al insigne pueblo español.

Sin embargo, y en eso ganamos algo, resulta curioso comprobar, al contrario que ocurre en el terreno político, como en un país tan católico como ha sido y todavía continúa siendo el nuestro a pesar de su laicidad, el conjunto de los españoles hemos ido aceptando paulatinamente y de manera pacífica la presencia de otros distintos credos sin mayores consecuencias que aquellas que se derivan del radicalismo árabe. Y eso también debería ocurrir en el seno de nuestro parlamento.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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