Síndrome de desafección

La poca vergüenza y la acuciada desfachatez de algunos responsables políticos no tienen límites

"Su contagio fue consecuencia de una negligencia. Todos sabemos que no podrá recibir visitas ni siquiera de sus hijos."

Mi suegra Herminia ha sido ingresada en el hospital como consecuencia del contagio del Covid-19. Cuenta noventa años de edad y su estado es muy delicado. Padece neumonía severa aunque existe una remota esperanza de una muy lenta recuperación. Su hija Carmen pudo hablar hoy con ella gracias al teléfono móvil y por lo que se desprende de su conversación, se encuentra, dentro de lo cabe, con suficiente ánimo en tratar de  mejorar cuanto antes y poder volver a reunirse con los suyos de nuevo.

Su contagio fue consecuencia de una negligencia que no viene ahora al caso, pero que debemos tener en cuenta y extremar todas las precauciones posibles; sobre todo, si se tratan de personas que como ella tienen ya una edad muy avanzada y una cierta dependencia de los suyos.

Ya todos sabemos que no podrá recibir visitas ni siquiera de sus hijos y ello plantea un nuevo e importante síndrome de desafección como consecuencia de tener que soportar a su edad y totalmente sola una hospitalización tan dura en su caso.

He intentado ponerme en su lugar y tratar de comprender lo que significaría para mi tener que morir totalmente solo, sin poder ni siquiera arrepentirme de todo aquello que en vida no supe solucionar con acierto suficiente como para que los miembros de mi familia hubieran podido alcanzar con mi empeño frustrado el suficiente índice de confort exigido y el mínimo de felicidad necesaria que todos ellos habrían merecido según mi conciencia. No cumplir con esas últimas premisas tiene que ser realmente muy triste y, desde el punto de vista psicológico, debe también resultar muy angustiante.

Como otros muchos, empiezo también a tener miedo de una situación que no parece tener vías de solución inmediata, máxime cuando una nueva cepa del virus acecha otra vez en nuestro entorno más inmediato, dispuesta a contrarrestar la eficacia de una vacuna en la que hemos depositado todas nuestras esperanzas de vida.

La poca vergüenza y la acuciada desfachatez de algunos responsables políticos no tienen límites. Ese delito sanitario detectado recientemente entre cierta clase dirigente y que consiste en inyectarse su dosis de Pfizer en la clandestinidad más absoluta como si, de pronto, de un síndrome de abstinencia se tratara, en realidad no es otra cosa que el mismo miedo a morir que también nos invade a todos los demás, pero que, sin embargo, a diferencia de ellos, soportamos estoicamente hasta que nos llegue nuestro turno de vacunación.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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