Rey y república

La Monarquía Parlamentaria regresó a España con el Régimen del 78, capitaneada por el Rey y todos los líderes políticos, republicanos o no. (K.I.)

En el ámbito nacional, novedades hay muchas pero ninguna tan destacable como la de la supuesta comisión asignada al Rey emérito por parte de Arabia Saudí por su posible intervención en el trazado del AVE a lo largo de un gran trecho de desierto.

Don Juan Carlos, visiblemente abrumado por el eco que ha venido despertando la noticia de su supuesto enriquecimiento ilícito, ha decidido tomarse unas estivales vacaciones nada menos que en la República Dominicana, aprovechando la generosa hospitalidad que le han brindado sus amigos catalanes, los Fanjul, en aquel paraíso insular de las Antillas.

Puede parecer no sólo una contradicción, sino incluso un insulto que, en tales circunstancias, un monarca emérito como el nuestro, termine refugiándose en un país el cual, en su día, se sacudiera con éxito el pesado yugo que significaba su vasallaje para los propios intereses de la corona española entonces, para, con el tiempo, llegar a convertirse en la república que presume ser hoy en día. El hecho puede parecer más que una paradoja, una caricatura diseñada por el amargo destino que ha debido sufrir don Juan Carlos por culpa de este último y rocambolesco mercantil incidente y por el que pueda haberse decidido en elegir un exilio voluntario, aunque sin renunciar, eso sí, a todas las comodidades que le ofrece aquel lugar de ensueño, con su extraordinario clima, sus playas, sus servicios y la ventajosa  oportunidad de poder navegar a placer, a bordo de un yate de la categoría que se merece tan excelso patrón y ofrecido desinteresadamente por sus catalanes anfitriones.

Que ideal hubiera sido que, en un alarde de magnanimidad, el entonces Rey Juan Carlos I hubiera renunciado en su día a la pesada carga que significaba soportar la corona española y poder establecerse inmediatamente y por su cuenta en su propia recién estrenada república llamada España, y gozar del gran protagonismo que hubiera representado tal acontecimiento entre toda la realeza europea, dispuesta siempre a no renunciar a sus derechos dinásticos en virtud de unas tradiciones ya insostenible para los tiempos en que vivimos y, sobre todo, para los que todavía se avecinan.

Pero todos sabemos que un Rey no es del todo libre como parece suponerse a la hora de tomar decisiones tan drásticas en ese sentido. Sus adeptos, que siguen siendo muchos y con grandes intereses económicos, no sólo no se lo hubieran permitido sino que le hubieran condenado por traición a la Corona, por cuya razón ningún Rey en su sano juicio, sería capaz de abandonar su cetro voluntariamente, sino que tendría que ser cesado, sobre todo, por la fuerza de la razón que nos asiste a todos sus vasallos, como así ha ocurrido en países como Francia, Italia, Portugal, por poner algunos ejemplos conocidos.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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