Que vienen los comunistas

Hospital Bellevue de Nueva York. Habitación 515

Después de un mes.

– ¿Qué tal te encuentras hoy, tía Émili?

– De fábula, al parecer fuera de peligro, vivita y coleando, aunque no recuerdo absolutamente nada del accidente.

– Verás: al parecer habías frenado tu coche descapotable en un stop de la avenida, bajo un semáforo en rojo. El fuerte viento hizo que de pronto éste se desprendiera y viniera a impactar sobre tu cabeza desnuda. Un joven en bicicleta que también esperaba por la misma razón cerca de ti, corrió inmediatamente en tu auxilio, desalojándote del coche y depositándote en la acera mientras te prestaba los primerísimos y decisivos auxilios al tiempo que telefoneaba a los servicios de emergencias y a la vez que trataba de evitar una hemorragia cerebral de severas consecuencias y que según los especialistas te mantendría con vida hasta la posterior intervención quirúrgica de hace ya un mes.

– ¿Y qué más sabemos de ese muchacho a quién por lo que se ve le debo la vida?

– Pues según la policía, se trata supuestamente de un joven comunista que tras abandonar una asamblea llevada a cabo en un edificio próximo, coincidiría casualmente contigo en el cruce de la avenida.

– ¡Dios mío! Con que se trata de un comunista, y tan joven… Seguramente será la única excepción entre todos esos diablos rojos.

– No es la única excepción, tía Émili, es el único comunista del que no sabes nada y que ni siquiera has visto en tu vida pero que, sin embargo, te ha salvado de una muerte segura.

–Y mis pertenencias ¿Sabes algo de ellas?

– Está todo en su lugar, depositadas escrupulosamente en la central de policía. Tus tarjetas de crédito, tu bolso, tus joyas, tu revolver de la guantera y junto a él un puñado de somníferos.

– Querido sobrino: hagamos una cosa en favor de ese muchacho. Ocúpate de ofrecerle un puñado de mi cuantiosa fortuna de modo que no se tenga que preocupar por su incierto futuro. Será la única manera de evitar que se convierta en un desalmado comunista para el resto de su vida.

– ¿Y qué tal el Cadillac?

– Apenas sin desperfectos, tía Émili.

– Pues regálaselo también. Ya va siendo hora que me cambie de modelo.

Algunos días más tarde se produciría una extraña baja en el clandestino Partido Comunista de la Ciudad de Nueva York. Nadie supo exactamente por qué.

El joven de la bicicleta se trasladaría a vivir para siempre a Florida con nombre falso. Todavía hoy se desconoce su identidad.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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