Pfizer, la esperanza

Me da la alegre impresión de que la multinacional farmacéutica Pfizer ha esperado la rocambolesca caída de Trump para anunciar la eficacia de su vacuna a punto de ser comercializada. Lo que no logro adivinar, porque no soy precisamente experto en economía,  es si la farmacéutica en cuestión esconde alguna aviesa intención con esta aparente estrategia comercial por otro lado tan bien recibida.

Mientras los grandes inversores empiezan a tomar medidas sobre el particular poniendo al corriente a los simples mortales, sólo nos queda esperar hasta saber cuándo y, sobre todo, cuánto nos costará el milagro individual de curación; de seguir aún con vida.

Todos ganaremos con el descubrimiento. Unos ganaremos, respecto a nuestro propio sistema inmunológico, algo de confianza, mientras muchos otros depositarán la suya en su cuidado sistema  económico, aunque al albur de las fluctuaciones que siempre se prevén en Bolsa. Pero, eso a la gran mayoría le importa muy poco, sobre todo, a aquellos para los que la salud es lo fundamental, para quienes consideran que encontrarse sano es el mayor de todos los regalos que nos puede conceder la naturaleza. Un regalo, el de la salud, imprescindible para alcanzar las otras dos razones con las que sueña y para las que vive el hombre: dinero y amor.

De modo que el hallazgo alcanzado por la farmacéutica Pfizer no sólo funciona como un simple antídoto capaz de combatir y vencer a la pandemia, sino que cualquier ciudadano liberado finalmente del virus, gracias al milagroso antídoto, puede llegar a alcanzar esas otras dos premisas restantes e indispensables que conforman el triunvirato de la felicidad a la que siempre aspira cualquier mortal: salud, dinero y amor.

La nueva vacuna que aún está por bautizar, permanecerá para siempre envuelta en un romanticismo esperanzador como ningún otro descubrimiento del siglo XXI y que sacraliza todo aquello que el ser humano espera sólo de Dios o de los dioses y no precisamente de la mano de la ciencia.

Sea como fuere, sólo queda agradecerles a los investigadores que intervienen, su enorme interés por el gran descubrimiento que nos ofrecen, independientemente del prestigio que pueda llegar a alcanzar la compañía para la que trabajan.

Resulta muy desconcertante saberte morir en la cama de una UCI, al tiempo que los medios de comunicación anuncian la eficacia de una descubierta vacuna que no llegará para ti a tiempo. Y eso sí que significa un auténtico drama que no hace justicia a los dioses.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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