miércoles, diciembre 1, 2021
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Mensaje en la botella

Si de vez en cuando nos detuviéramos un instante en mirar hacia lo alto, comprobaríamos, no sin asombro, como los viejos olmos suelen dar a menudo hermosas y delicadas peras doradas

Mientras la botella, – arrojada al Mediterráneo por la joven-, se desplazaba lenta y suavemente empujada por las corrientes hacia su destinatario con un cálido mensaje de esperanza en su interior, la muerte, a lomos de su caballo cubierto de espuma blanca, galopaba desbocada y sin descanso, con sus alforjas repletas de sucias jeringuillas, bajo los puentes de los suburbios, en auxilio de los más necesitados.

Si la velocidad se le suponía constante, aquella botella arrojada al Mediterráneo por la paciente enamorada, habría recorrido en la mitad de tiempo la mitad, también, del largo trayecto hasta su destino.

Justo en ese momento y a esa distancia la encontró el viejo pescador. En un punto equidistante entre la remitente y su destinatario; sin embargo, él desconocía esa circunstancia hasta que una vez destapada, leyera el mensaje que contenía en su interior.

También él esperaba desde hacía ya años un mensaje semejante pero este, precisamente, no se trataba del suyo. Con mucho respeto y sumo cuidado volvió a taparla de nuevo y la devolvió al mar para que continuara su curso. De lo que estaba completamente seguro es que a su destinatario solo le restaba esperar la mitad del tiempo porque, en consecuencia, la botella había ya alcanzado el ecuador de su recorrido mientras que la que él continuaba inútilmente esperando, posiblemente, ni siquiera, hubiera sido arrojada todavía al mar ni lo sería nunca.

Como cada mañana, la mujer se acercó descalza y en silencio hasta la orilla del mar en calma. Con los pies dentro del agua tibia se llevó la mano sobre sus cejas y haciendo con ella visera sobre sus enormes ojos grises, se dispuso a otear de nuevo la línea oscura del horizonte. Después de lamer una y otra vez sus pies desnudos, el tenue oleaje, al retirarse, agitaba del tal modo los guijarros que al chocar éstos entre sí emitían un único y acompasado ruido que el eco se encargaba de expandir a lo largo de la gran playa desierta. Aquel día tampoco había divisado nada.

Mientras mantenía la vista fija en el horizonte, algo había chocado contra sus pies arrastrado por las olas. Se trataba de una botella de cristal oscuro que retiró del agua de inmediato. La llevó consigo tierra adentro y luego de sentarse sobre la arena húmeda de la playa, extrajo a través del gollete el cilindro de papel que se ocultaba en su interior.

Desenrollándolo lo leyó. Lamentablemente no iba dirigido a ella, no se trataba del que llevaba tan largo tiempo esperando. Su destinatario no era otro que un joven pescador quién, al parecer, aún continuaría aguardando a la remitente en aguas bravas del Atlántico, a bordo de una ligera y blanca embarcación de vela que, casualmente, llevaba por nombre La Esperanza.

No siempre las pretensiones alcanzan el destino deseado porque, a menudo, los caminos se cruzan entre sí confundiendo al propio destino.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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