miércoles, diciembre 1, 2021
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Quince minutos

El enjambre sísmico fue el principio. El futuro era incierto. Inseguro. Y, días después, se cumplieron las peores previsiones. El volcán Cumbre Vieja se abrió y la tierra empezó a escupir fuego. Un estruendo brutal nos levantó de la mesa. A pesar de lo contado por mi abuelo que lo vio de niño y de joven, el enfado del volcán nos estremeció y zarandeó.

La fuerza de la naturaleza iba a ser la protagonista de nuestras vidas. Toda una vida de lucha, trabajo y esfuerzo desaparecía en segundos ante la atónita e impotente mirada de nuestros ojos empañados en lágrimas. A cambio nos dejaba una incertidumbre que embargaba nuestras vidas.

Mis abuelos se sumaron a los primeros vecinos desalojados. La salida de mi abuela había sido traumática: —Vete si quieres, le dijo a mi abuelo. —Yo me quedo aquí. Esta casa es mi vida. No me iré de aquí nunca. Nadie me obligará a salir.

Mi abuelo llamó a nuestra casa. Lloraba nervioso y descorazonado. Se había encarado a su mujer tras cincuenta y tres años casados. Jamás habían tenido un enfrentamiento similar: —Tenéis que convencerla. No me hace caso. Está enloquecida. Nos desalojan. Corred o perderemos la vida. Mis padres fueron y tras unos inquietantes e interminables minutos, consiguieron sacar a mi abuela. Salieron con lo puesto. Las órdenes de evacuación no admitían demora. Mi abuelo solo tomó una pequeña imagen de la virgen de la Candelaria a la que había invocado para que su mujer recuperara el juicio y marcharan juntos.

Ya en nuestra casa, la serenidad de mi abuelo contrastaba con la consternación y abatimiento de mi abuela. Insistía: —Saldremos adelante. Lo hemos hecho antes. Somos fuertes. Nos levantaremos de las cenizas.

El espectáculo de la naturaleza lucía de forma insolente: llamaradas de fuego incesantes, ríos de lava precipitando por la ladera de la montaña a gran velocidad, las piedras incandescentes saltaban con fuerza sobrenatural para caer sobre la columna de fuego. Era imposible apartar los ojos de la impresionante visión… la grandiosidad, el colorido. La fuerza imparable de la naturaleza se presentaba desnuda y sin disimulo ante nosotros. Solo los rugidos y las continuas explosiones encogían nuestros corazones, y el miedo y la angustia se apoderaban de nuestras almas.

La fuerza de la caldera montañosa no se detenía. Primero fue una boca, luego otra, y otra y otra. Parecía una secuencia sin fin. Y, ahora, sólo unas horas después nos tocaba a nosotros. Una vez más el magma incandescente devoraba a su paso los sueños, las ilusiones y los recuerdos. Para mis abuelos era el segundo desalojo. Salimos de nuestra casa a toda prisa, y con pequeños recuerdos, tomados en la acelerada salida. —Lo veíamos, pero nadie piensa que le va a suceder a él. Éramos seis y los vecinos nos cedieron el espacio que nos faltaba.

Y tras la huida precipitada, nos concedieron quince minutos. Quince minutos, ni uno más. Ese era el tiempo para decidir qué llevarnos de nuestra casa. Iríamos mi padre y yo.

Las entrañas del volcán también dejaban al aire las nuestras, desgarradas por el dolor. Mientras subíamos comprobamos la devastación. Nuestras tierras, nuestros edificios y jardines arrasados. Exterminados los animales que no habían podido huir. Éramos unos afortunados si nos comparábamos con otros vecinos. Al menos, nosotros teníamos quince minutos.

—Cuando oigan la sirena salgan de sus casas. No intenten coger nada más. Hay que salir de inmediato.

Una dura acción a contrarreloj en la quedarían grabadas para siempre los olvidos, las distracciones y las vacilaciones. Elegir los recuerdos más queridos, los entrañables, los irrecuperables e insustituibles.

Después de agotar el plazo, los vecinos volvíamos a encontrarnos. Éramos unos parias que habíamos perdido el pasado y el futuro. Nuestra casa, nuestras pertenencias, nuestros recuerdos. No tenemos trabajo, colegio, casa, iglesia…

La lluvia de ceniza era incesante. En unas horas teníamos el pelo gris. La ceniza acumulada sobre nuestras cabezas representaba el peso de la pérdida sufrida. Eran las lágrimas caídas desde el cielo ante tanta impotencia y desazón.

Nuestro pasado y futuro había quedado sepultado.

Miro al mar. Su inmensidad. Y después, miro nuestra insignificancia, nuestra pequeñez, nuestra fragilidad, nadería, impotencia y desesperación. Las seguridades, las certidumbres y los anhelos han sucumbido bajo la ardiente escoria.

Y en medio de tanta oscuridad surgió una luz.

Los ríos de generosidad de vecinos, policías, bomberos. El magma de la ayuda venida desde todos los rincones, la incandescencia de la ayuda y entrega. Nos estremece el alma. Nos reconforta.

Amigos, vecinos, voluntarios, militares, bomberos, policías y una legión de desconocidos se daban la mano en la isla bonita.

Exhaustos, rememoramos lo que éramos hace sólo unos días, acariciamos nuestros recuerdos para que se inmortalicen. Deseamos que se impriman en nuestras almas para siempre.

Reconfortados con la solidaridad de tantos, nos echamos en nuestras improvisadas camas imaginando que volveremos a vivir. ¡Soñamos!

Paloma Fisac de Ron

Doctora en Derecho y Licenciada en Periodismo

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