No parece justo que la Naturaleza haya decidido tomar venganza a través de un virus, -al parecer y si no se demuestra lo contrario-, diseñado por ella misma para intentar aniquilar al mayor número de individuos de los que se compone el censo mundial.
Bien es verdad que sólo nos está devolviendo la crueldad que todos hemos tenido para con ella desde, sobre todo, el comienzo de la llamada era industrial desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, pero la Naturaleza no es tan sabia como parece y, por lo que se puede apreciar, no distingue entre justos y pecadores.
Por poner sólo un ejemplo, una generación como a la que yo mismo pertenezco, sólo hemos sabido sobrevivir desde nuestro nacimiento hasta hoy, sorteando a lo largo de nuestras azarosas vidas no sólo todo tipo de obstáculos a los que hemos sido sometidos por parte de la propia Naturaleza en sí, sino también aquellas otras trampas aún más sutiles y perniciosas diseñadas por la misma mano del hombre en nuestro propio perjuicio. Y no hemos sido la única generación en sufrirlo. Aquellas otras generaciones que me preceden entre diez o veinte años, también han sufrido lo suyo como para que un invisible Covid-19 acabe repentinamente con aquellos con los que no pudo ni la guerra civil española ni la segunda guerra mundial ni la dura posguerra que sobrevino después y que afectaría de manera muy alarmante a nuestro propio país. En definitiva: el Covid-19 les ha robado sus últimos diez o quince años de vida de la que disfrutar apaciblemente viendo florecer los cerezos del jardín de su última residencia.
Mi generación o, mejor dicho, la de mis padres y parte de mi propia infancia, estuvo sometida al racionamiento imperante desde el final de la guerra civil hasta bien entrada la última década de los años cuarenta, con todas las penalidades agregadas por la escasez de vivienda digna que pudiéramos costear. Los niños, como era el caso de mi hermano y demás vecinos del barrio, sucumbimos a la mayoría de enfermedades infantiles derivadas de unas exiguas condiciones sanitarias a las que, prácticamente, no teníamos acceso como, por ejemplo, agua corriente. De manera que para la higiene personal utilizábamos el agua de un estanque próximo cuyo propietario representaba para todos nosotros el buen samaritano del que nos hablaban los curas en los sermones de misa del domingo. De manera que pese a la buena voluntad que poníamos todos, ninguno de nosotros pudo librarse de la tosferina, las paperas, el sarampión, la rubeola, ni tampoco de las temibles fiebres tifoideas como fue en mi caso.
Así las cosas, sólo hemos hecho que sobrevivir a duras penas, sin sospechar que un buen día, en pleno siglo XXI, en el cenit de una civilización tecnológica tan avanzada, un misterioso virus de origen prácticamente desconocido y de incógnito, habría de acabar con nuestras casi miserables vidas sin ni siquiera tener la última oportunidad de que ningún amigo ni familiar pudiera despedirse de cualquiera de cada uno de nosotros.
zoilolobo@gmail.com
Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
