Ya empiezo a notar los efectos más perniciosos que provoca este confinamiento tan prolongado como son, entre otros, la angustia y la claustrofobia. Mi mujer dice que soy un imbécil, sin embargo no se lo tengo para nada en cuenta, habida cuenta, y valga la redundancia, de que una mujer tan inteligente como es la mía, -modestia aparte-, no sería capaz de cometer un error tan grave de apreciación si no fuera porque también sospecho que ella está padeciendo los mismos síntomas de agobio que los que yo también siento.
A todos aquellos que como yo mismo nos hemos ganado a lo largo de nuestra azarosa vida el desconcertante calificativo de hombre de mundo, habrían de descontarnos este largo periodo de confinamiento e inactividad que nos provoca una sensible mácula en nuestro ya de por sí agitado curriculum vitae. Todavía no sabemos si los próximos gobiernos habrán de tener en cuenta este paréntesis de inactividad forzosa como para que no conste en acta, como tampoco en el expediente de los llamados títulos honoríficos de hominis in mundo.
Claro que, al parecer, un hombre de los llamados de mundo, es aquel que aglutina una serie de experiencias a lo largo de su agitada vida mediante las cuales ha conseguido ganarse una reputación envidiable, digna de presumir de ese apelativo tan codiciado en la sociedad competitiva en la que vivimos, pero no sé yo ahora si el confinamiento prolongado en tu propio domicilio puede calificarse de auténtica experiencia sedentaria por causa mayor. Bien es verdad que pasear al perro mientras acudes a comprar el pan, no es ni mucho menos un ejemplo del que presumir, pero tampoco parece lícito retar a las autoridades sanitarias sin tomar las exigentes medidas que aconsejan por el bien de tu propia salud.
De manera que si desertar del confinamiento, saliendo a la calle sin guantes ni mascarilla parece una aventura digna de un llamado hombre de mundo, no es menos cierto que éste también siempre se ha distinguido, entre otras cosas, por conseguir en todo momento sus propósitos sin posicionarse al margen de la ley establecida, porque se da extraña circunstancia de que el denominado hombre de mundo es considerado casi sinónimo de honorable caballero.
Así las cosas, según el criterio de mi mujer al considerarme imbécil, el insulto en sí mismo obedece sólo a una soterrada crítica por su parte al íntimo respeto que yo siento y llevo manteniendo a lo largo de mi vida por estas premisas decimonónicas en cuanto a mi modus vivendi u operandi se refiere y que me distinguen de entre otros como ser humano.
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Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
