Los caras picudas

En la caverna de Platón también disponían de una realidad virtual en forma de sombras .

En la caverna descrita por Platón, la realidad correspondía a todo aquello que transcurría exclusivamente en su interior, aunque también disponían de una realidad virtual en forma de sombras que a consecuencia de la luz proveniente del exterior se deslizaban animadamente sobre la pared del fondo mientras sus moradores las contemplaban absortos. Por aquella pared desfilaban supuestos animales de dos y cuatro patas, con o sin cuernos. Figuras planas y uniformes todas ellas, cuyos relieves eran los propios de aquella pared irregular.

Sobre sus dos patas destacaban los caras picudas, ágiles y sin compromiso aparente. Solían aparecer en grupos, en parejas o en solitario para luego desaparecer por cualquiera de los dos extremos de la pared. En ocasiones, incluso, junto a ellos caminaba también un diminuto animalito de cuatro patas sostenido por un frágil cordel.

Uno de los miembros del clan y pese a la negativa del resto en aprobar la decisión que había tomado, se atrevería a salir al exterior a comprobar aquella realidad virtual ausente de todo color aunque no de forma y que a lo largo de su vida había presenciado en silencio junto a los suyos desde el interior de su habitat natural y en cierto modo también clandestino.

Cuando llegó el momento trepó ansiosamente por la pared opuesta a la que se proyectaban las sombras móviles hasta alcanzar la boca. Agitó la mano en señal de despedida que no fue correspondida y se perdió en aquella realidad virtual que tanto había despertado su interés durante años.

Nada supieron de él los moradores de la gruta hasta que pasado un tiempo aparecería en la boca  solicitando cobijo inmediato. Nadie creyó nada de lo que, según él, había visto fuera y, mucho menos, que los caras picudas llevaran mascarillas por lo que los patriarcas decidirían negarle la hospitalidad que solo él creía merecer bajo pena de ser ajusticiado si se atrevía a desobedecer la orden dada, pero, aún así, el hijo pródigo se arriesgaría a contactar con los suyos, lo que le conduciría irremisiblemente a su ejecución casi inmediata.

Tras un breve periodo de tiempo que precedería a la muerte del desdichado, la comunidad entera se sentiría afectada de una extraña enfermedad de la que no saldría con vida ninguno de sus miembros, pero en la pared del fondo seguirían apareciendo, como cada día, los caras picudas  sin que nadie allí dentro les contemplase nunca más.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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