Ilustre invitado

-Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere …, -musitaba el monarca mientras deshojaba una margarita extraída de un frondoso ramo que adornaba la lujosa suite del hotel de Abu Dabi donde se alojaba.

Descolgó de pronto el teléfono y pidió a recepción que le pusieran con el emir de inmediato.

-Yes, -contestó la voz del emir al otro lado.

-No me quiere, -respondió el rey emérito Juan Carlos casi sollozando.

-España no me quiere, -repitió con voz engolada de monarca antiguo.

-No te preocupes, enseguida te enviaré a alguien que alivie tu amargo dolor, -le susurró el emir no sin cierta languidez-.

-Pero, por favor, que no me salga tan caro como el último servicio de la muy desdichada Corinna, -se apresuró a advertir el español-.

-No te preocupes, -se trata sólo de un obsequio de los Emiratos por tu profunda lealtad.

Colgó el auricular Juan Carlos. Mientras esperaba, se entretuvo recogiendo de la espesa alfombra persa los pétalos blancos de la margarita deshojada cuando, de pronto, sonó el timbre.

-Adelante, inquirió no sin cierta autoridad el rey emérito invitado.

La puerta se abrió muy despacio y desde el umbral, en un castellano con acento muy marcado, el recién llegado, mientras se inclinaba con vehemencia, murmuró: buenas tardes majestad.

-¿Y usted quién es? –preguntó Juan Carlos, azaroso ante la visita del extraño.

-Soy el psiquiatra y me envía el emir para tratar de aliviar su profundo dolor causado por la margarita, -dijo con mucha resignación el recién llegado-.

-Adelante, pues, -inquirió el monarca con franqueza-.

Después de que el monarca español le invitara a tomar asiento y ponerse el mismo en situación, el psiquiatra, buen conocedor por otra parte de la historia de España relacionada con el mundo islámico en la época de los Reyes Católicos, se dirigió a él con todo respeto para relatarle un acontecimiento que ponía su caso particular en paralelo al vivido por los árabes, allá por el siglo XV, durante su expulsión de los entonces califatos españoles.

-No debería su majestad darse por aludido al escuchar lo que pienso narrarle a continuación, -empezó por decir el psiquiatra mientras Juan Carlos guardaba un silencio muy remoto-, pero sin embargo, -prosiguió-, me gustaría que reflexionara sobre este hecho en particular y estoy seguro de que luego no habrá de sentirse usted tan culpable de haber tomado la decisión de refugiarse en un país tan hospitalario como el nuestro.

-Alteza: -empezó por decir el psiquiatra-, no me encuentro del todo informado de que sepa usted lo mucho que lloró Boabdil cuando en el siglo XV tuvo que salir de Granada hacia el exilio mientras su propia madre, la sultana Dixa, al comprobar sus lágrimas, -y espero que esto le sirva de consuelo-, le dijera:

Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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