Horizontes lejanos

¿Es más feliz aquel que haya podido vivir en mejores condiciones de confort?

Últimamente tengo la sensación de encontrarme muy cerca de la Felicidad. No en el sentido emocional de la palabra, sino en el físico, el tangible, la que se puede acariciar si estuviera lo suficientemente cerca de mis manos. Deduzco que la Felicidad a la que me refiero se encuentra en algún lugar del horizonte próximo que me circunda, pero tampoco estoy del todo seguro de ello porque para poder comprobarlo tendría que alcanzar esa línea imaginaria en el espacio.

Si así fuera,  si la Felicidad a la que vengo refiriéndome habitara en algún punto de ese horizonte que se aprecia en la lejanía, sería definitivamente inalcanzable porque he comprobado, y cualquiera puede también hacerlo, que a medida que avanzas hacia él, aquella línea que lo define, retrocede en la misma proporción.

¿Qué significado tiene entonces eso que suele decirse sobre lo de conquistar nuevos horizontes? Es mentira. Lo que sí es del todo cierto y lo he comprobado personalmente es que horizontes, por desgracia, hay tantos como pasos damos hacia adelante para alcanzarlos. De manera que siempre nos encontramos frente a un nuevo horizonte: si no te mueves resulta ser el mismo, pero si éste cambia es porque habrás dado un paso hacia adelante o hacia atrás. No quisiera decir un paso en falso, pero sí algo parecido.

Cuando en el Renacimiento algunos pintores como Piero della Francesca o Mantegna, se plantearon la perspectiva o la tridimensionalidad para representar la realidad circundante sobre las dos dimensiones que ofrecía el plano del lienzo, no hicieron otra cosa que tratar de encontrar un punto de fuga en la llamada línea del horizonte representada previamente en la superficie de la tela, con el único propósito de crear un punto de referencia que le facilitara una profundidad acorde a como el ojo humano, merced a un defecto de visión, ve la naturaleza.

De manera que los humanos hemos aprovechado un defecto de visión para contemplar el espacio que nos rodea con esa acusada perspectiva engañosa que culmina siempre en un punto de fuga donde hemos llegado a creer que se esconde la Felicidad. Una Felicidad que como he citado antes resulta inalcanzable para nadie.

Nadie parece ser feliz del todo porque la más democrática de las desgracias es la propia muerte. Antes o después nos llegará esa hora y la felicidad sólo consistirá en la medida con la que tu propio patrimonio consiga tratar de retrasarla lo más posible, de tal manera que aquellos que tarden más en morir, se consideran asimismo más felices que el resto.

La pregunta es la siguiente: ¿Es más feliz aquel que haya podido vivir en mejores condiciones de confort aunque haya muerto antes que el resto en peores condiciones que las suyas?

Cuando la línea del horizonte a la que he venido refiriéndome se mantenga firme y no se desplace en absoluto en la medida que avanzamos a su encuentro, entonces podremos estar seguros de alcanzar la tan ansiada Felicidad que nos espera en aquel punto concreto de fuga que se inventaron los pintores del Renacimiento. Mientras tanto, sólo nos resta esperar a que eso ocurra.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia y Bellas Artes

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