Adulación

“La diferencia entre un ciego y un fanático, radica en que el ciego sabe que no ve”

Al calor de ese ensayo de manifestación, acompañado de ilustres cacerolas de acero inoxidable, que se produjo hace muy poco en uno de los barrios más ricos de Madrid, la juvenil derecha española, representada por muchos de los de hijos y nietos de adeptos todavía al viejo régimen franquista, han creído prudente tomar una iniciativa activista con características de proletariado para defender ciertos postulados que ellos consideran hoy mancillados por parte de este gobierno, integrado sobre todo por comunistas acérrimos y que, según sus propios testimonios, están dispuestos a arrebatarles todo el patrimonio espiritual que les inoculó en su día el milagro que para todos ellos supuso la dictadura en calidad de confort y bienestar. De manera que la mejor manera de llevar a cabo el reconocimiento debido a su ideología, ha sido la de tratar de aproximarse emocionalmente a la sombra protectora del ejército, en un descarado intento no sólo ya de celebrar, en un arranque de patriotismo, un simple acto de fe, sino, además, rendirle un gratuito homenaje a las Fuerzas Armadas como tributo a lo que ellos consideran sus anhelos por la defensa de la patria y contra el comunismo representado en el gobierno de Sánchez.

Para esa conjura con el grueso del Ejército, se han desprendido de sus elegantes polos de marca para enfundarse en su lugar unas sudaderas henchidas de símbolos militares de muy dudosa adquisición y definitivamente prohibidas su uso por la Constitución, pero que, sin embargo, les confiere tal seguridad en sí mismos que les permitiría incluso dar la vida por la patria si ello fuera preciso.

Una juventud educada en unos valores decimonónicos que no se corresponden ni son acordes a los tiempos que vivimos, pero que sin embargo les proporciona el derecho democrático que les otorga la Constitución. No se imaginan el privilegio del que gozan al poder asistir, gracias a su poder adquisitivo, a los estudios universitarios a los que a  hijos de otras familias españolas, con los mismos derechos que los demás, se les está vedado en razón a su economía tan precaria.

¡Cuán contentos y ufanos, -y con razón-, nos mostramos los españoles por tener el privilegio de disponer de una Sanidad Pública al servicio de todos! ¿Para cuándo la Universidad abrirá de forma gratuita la puerta a todos aquellos jóvenes que deseen asistir a ella? Sólo entonces podremos encontrar un equilibrio intelectual que nos permita interactuar de manera más certera y menos sofisticada para defender unos valores con la misma eficacia que los más afortunados. Y cuando digo afortunados, me refiero no sólo a los que tienen esa suerte, sino al más estricto sentido material de su fortuna.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia y Bellas Artes

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