domingo, julio 25, 2021

Gobiernos

La revolución francesa trajo consigo todas las grandes ventajas que la mayoría de cualquiera de nosotros tan bien conocemos, pero la eficacia de Madame Guillotine no se puede comparar a las ridículas condenas con las que los jueces envían a la cárcel a un simple «testaferro» mientras el grueso del pastel ya se ha repartido previamente entre algunos altos cargos de la administración del estado entre los que se cuentan jueces, magistrados, políticos,  banqueros, iglesia, etc., etc.
La gran decepción por mi parte vendría dada si a tenor de este caldo de cultivo que se está cociendo lentamente en el país, surgiera de pronto un nuevo Tejero que aprovechándose de la situación creada por tanta corrupción política nos llevara otra vez hacia el extremo de una dictadura militar como la que los españoles sufrimos durante cuarenta interminables años.
De todas maneras, llego a creer que hace ya mucho tiempo que nos encontramos inmersos en una vergonzosa dictadura mundial capitalista. Dictadura de la que sería muy difícil emanciparse sin que sufriéramos en nuestras propias economías las gravísimas consecuencias que la mayoría de todos nosotros no estaríamos en condiciones de soportar, a no ser que cambiásemos radicalmente este nuevo orden mundial para tratar de encontrar un modelo distinto de sociedad más justa y que se adecúe mejor a los tiempos que corren.

Hace algo más de nueve años yo escribía en estos mismos términos desde las aulas de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona y todavía hoy no han podido solucionarse la mayoría de problemas a los que he venido refiriéndome y que tan duramente afectan a las clases más necesitadas.

Me quejaba yo entonces de la subida por parte de aquel gobierno del PP de las tasas a pagar por cada uno de los sesenta créditos de los que componían cada curso escolar y que superaba los tres mil euros que cada alumno debía desembolsar. No creo que este alto coste de las tasas universitarias haya podido solventarse todavía con todo lo que ello significa para las familias menos acomodadas y por cuya razón la educación universitaria de sus hijos no se encuentra a su alcance.

Era aquella la época del malogrado ministro de educación Wert, quién, además, fue el responsable, cuando no culpable, de que los jubilados perdieran la gratuidad que por entonces tenían de acceder a estudios superiores, tal y como era mi caso.

Por desgracia, la pandemia ha venido a paralizar toda iniciativa en tal sentido, pero sigo soñando con la gratuidad universitaria para todo aquel que desee alcanzar el grado de conocimiento del que pueda ser capaz. Otro gallo nos cantaría.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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