Famosillos de turno

El aburrimiento al que nos somete la pandemia es más que suficiente como para restarnos esa dosis de voluntad propia de la que uno hace acopio cada día como para no caer en la trampa que nos tiende la desgana. Esa es la razón por la que insisto en escribir algo que no necesariamente tiene que resultar de actualidad aunque si nos hacemos eco de ella, no hay nada en España que despierte tanto interés  como las tribulaciones de la dichosa familia Pantoja o el suicidio en la cárcel de la que fuera la madre más odiada entre todas las madres de entonces; me refiero a la gallega Rosario Porto.

Y en eso estamos, en tratar de paliar nuestras propias vicisitudes, asumiendo el ridículo del que son capaces algunos al tratar de comparar sus desdichas familiares con las sufridas por tonadilleras de tomo y lomo cómo la Pantoja y por rayadores voluntarios de discos de vinilo como pueda serlo su propio hijo Paquirrín. Y cómo las distintas cadenas de televisión colapsan su propia programación con la sangre, sudor y lágrimas que mana de cada uno de sus invitados a quienes, para colmo, se atreven a pagar generosamente como para seguir viviendo del cuento mientras un elevado número de televidentes consiguen consolarse al pensar que los ricos también lloran.

Sin embargo, la cosa no está, -como decía un simpático amigo mío.- como para pedirle peras al horno (Sí, al horno), aunque tampoco el horno creo que esté  como para bollos, lo que también suele decirse a menudo. Sea como fuere, la pereza me obliga a no salir a la calle a por el periódico y en su lugar me entreno dibujando retratos a lápiz para mantener esa ilusión que caracteriza a algunos artistas de nacimiento, modestia aparte, como el que yo me considero, pero para pedazo de artista ya está Isabel Pantoja o su propio hijo Paquirrín, agobiado por las deudas y sus adicciones y del que todo el mundo debería sentirse culpable frente al televisor al comprobar que un niño que lo ha tenido todo, se encuentre hoy en unas circunstancias tan parecidas al resto de los mortales que ni siquiera son artistas, ni toreros, ni cantantes, ni disk jokeys, pero que sí atraviesan peores circunstancias familiares incluso y que, sin embargo, no se atreverían nunca a asistir a un plató de televisión como no fuera para criticar lo mucho que los gobiernos pueden hacer todavía en favor de los auténticos necesitados.

Y en eso estamos ¿En qué otra cosa que no fuera ésta de escribir pudiera perder el escaso pero precioso tiempo que aún me queda por delante?

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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