El perro del hortelano

De sobra sabemos que el perro del hortelano ni come ni deja comer. Muchos de los que irresponsablemente parecen no temerle al coronavirus cuando acuden sin protección a esas reuniones furtivas, donde la distancia de seguridad brilla por su ausencia, resultan ser los mismos que después de ser contagiados,  también resultan ser los primeros en recelar de la eficacia de la aplicación de la vacuna disponible y consienten en esperar hasta que algunos conejitos de Indias les ofrezcan, con su propia administración, las garantías suficientes que creen necesitar para que todo obre en su beneficio exclusivo.

Ese egoísmo endógeno que suele generar el pesimismo no lo tuvieron en cuenta en su momento, sin embargo, y a pesar de todo, nunca suelen arriesgar lo suficiente como para ser precisamente los primeros en demostrar que, si bien fueron valientes en el riesgo cuando lo corrieron, también tendrían que serlo en la solución que les proponen, que no es otra que la de pasar por ser asimismo los primeros en intención de vacunarse.

Muchos creen, -y en eso tendríamos que hacer una lectura a fondo-, que el perro del hortelano actuaba de aquel modo por puro egoísmo, cuando de sobra también sabemos que los perros no comen verduras ni hortalizas, por lo que se deduce que la razón de su intención sólo estribaba en la obediencia que le debía a su amo y no a la sospecha de ingratitud que todos le hemos adjudicado desde siempre.

Mi miedo particular consistirá en si una vez vacunado, podré adaptarme de nuevo a la ausencia de la mascarilla, sin recelar de un nuevo contagio que pueda poner las cosas más difíciles todavía. Espero poder volver a sonreírle a toda aquella otra gente que me quedó por conocer mejor debido a la interrupción que supuso la presencia mortal de la Covid-19.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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