Construir una mentira

-¿Eso qué has dicho es cierto?

-Sí, es cierto que lo he dicho

-Quiero decir si es cierto lo que afirmas

-Eso es otra cosa, porque aunque todavía tengo dudas, acabará siendo verdad y yo me habré adelantado a los acontecimientos que aún están por ocurrir, con lo cual empiezo ganándole la partida a la opinión pública que es lo que se espera de un periodista de mi calaña.

Nosotros los periodistas, -y hablo en tono de ficción puesto que no lo soy-, inventamos verdades que acabarán por ocurrir tarde o temprano y para ello sembramos las condiciones idóneas para que éstas siempre acontezcan. De manera que resulta muy difícil achacarnos a nosotros mismos el hecho de fabricar una mentira manifiesta que ha sido cuidadosamente justificada en favor o en contra de cualquiera, según convenga, además de que las circunstancias que concurran en ello también lo permitan.

¿Cómo pudieron los mediocres como Inda y Marhuenda, -por poner sólo dos ejemplos-, introducirse en el complejo mundo de la televisión, ocupando durante tanto tiempo y con su verbo bífido los distintos platós de televisión, donde se conjugan la mayoría de opiniones políticas conducidas por otros tantos profesionales de los distintos espacios del medio?

Me identifico plenamente con un artículo aparecido recientemente de la periodista Sara Serrano y en el que cita la opinión que atribuye al también periodista estadounidense David Simón quien afirma: ”Hay un antes y un después en el periodismo tras la entrada del poder financiero en los medios de comunicación” Y es rigurosamente cierto, pero es que, además, las redes sociales juegan hoy un papel de gran importancia, -determinante, diría yo-, en la medida que la opinión pública en general, resulta susceptible de ser manipulada en favor de determinados intereses de los sectores políticos o empresariales incrustados en la llamada sociedad de consumo.

De modo que la profesión periodística ya no resulta del todo lo fiable que cabría esperar. Hoy parece estar más condicionada que nunca por los mismos patrocinadores, por los anunciantes y, para colmo, también y sobre todo, por la intransigente clase política que se despacha a gusto y sin pudor alguno en los distintos medios de comunicación que supuestamente tienen comprados en exclusiva para su beneficio propio.

A veces me pregunto si un buen periodista podría mantener su criterio frente a un buen político, pero la dependencia de cada uno de ellos de sus respectivos patronos hace muy difícil augurar un pronóstico favorable. Lo más sensato sería dejarse engañar a propósito, tal y como venimos haciéndolo, por cualquiera de los dos y en la medida que a nosotros también nos convenga. Así sufriremos mucho menos.

Zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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