Conciencia dormida

Los viajes en avión se están convirtiendo en motivo de preocupación.

Anoche fui víctima de una dramática pesadilla que me pareció una eternidad y que me condujo vertiginosamente hasta el borde de la niñez en algún lugar de mi profunda memoria dormida que en la obscuridad se entretenía en hacerme sufrir gratuitamente, como protagonista de unos hechos que, de tan insólitos, mi conciencia jamás habría creído haber participado.

Gritaba de tal modo en medio de la oscuridad, que mi pareja se vio obligada a despertarme no sin un cierto sigilo, para no ser sorprendido por un sobresalto mayor aún que por el que estaba pasando en aquel momento y que me mantenía paralizado sobre el sudor de las sábanas.

Una vez ya despierto, o mejor dicho, despertado, no pude muy bien precisar exactamente el papel que había jugado yo en aquella dichosa pesadilla en la que mi madre y mi hermano lloraban desesperadamente mi repentino contagio por Coronavirus que afectaba de gravedad a mis pulmones, impidiéndome respirar con la normalidad necesaria como para poder sobrevivir sin que ellos pudieran hacer otra cosa para impedir mi fallecimiento.

¡Precisamente yo, que había tomado todas las precauciones habidas y por haber para evitar el contagio! Desde el riguroso confinamiento obligado hasta el uso de la mascarilla en el exterior y la conveniente distancia de seguridad exigida con otras personas, así como la profusión del lavado de manos de regreso a casa y el cambio de ropa recomendado, además de la higiene empleada también con el calzado, a buen recaudo en un lugar muy concreto para tal menester en un patio interior de casa.

Ya completamente despierto y haciendo un exhaustivo examen de conciencia sobre lo último recordado de aquella extraña experiencia, convine en considerar la posibilidad de que tal traumática pesadilla se debiera al hecho de tener que hacer próximamente un viaje en avión a Tenerife, con la desgraciada mala fortuna de poder ser contagiado por culpa de las condiciones de vuelo que suelen padecerse en los viajes aéreos. Y no sólo eso, sino tener que sufrir de nuevo, una vez diagnosticado el contagio, una cuarentena prácticamente igual a los días de vacaciones contratados para mi estancia en la isla.

Desgraciadamente, pero con gran alivio, tuve que reconocer que la presencia de mi madre y hermano en el seno de esta angustiosa pesadilla se debía sólo al sufrimiento que también hubieran podido ellos padecer, llorando la extrema gravedad de un contagio que ni siquiera, por fortuna, había llegado a producirse, de la misma manera que al despertar de aquel sueño imposible, hube de admitir con dolor que  tanto mi querida madre como mi entrañable hermano hace ya mucho tiempo que han dejado de existir, pero que en ocasiones de excepcionalidad como ésta en concreto, procuran hacer acto de presencia no sólo para asistirme, sino, además, advertirme de la extrema gravedad que significa no tomar las debidas precauciones ante un posible próximo contagio de tales características.

Zoilolobo@gmail.com         

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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