martes, agosto 16, 2022
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Alianza atlántica

EE.UU se habría cobrado el usufructo de su intervención en la segunda guerra mundial al sumarse valerosamente, todo hay que decirlo, a la defensa de la democracia frente a las huestes de Hitler. Tal usufructo no ha sido otra cosa que el de establecer en Europa un sistema de defensa que, por muchas razones, también nos convenía a los europeos frente a la amenaza que suponía la presencia de la entonces URSS en la Alemania ocupada y parapetada al finalizar la guerra tras el famoso y denostado muro de Berlín que mucho más tarde sería definitivamente demolido.

Mientras, España por entonces había permanecido neutral en el conflicto mundial amparada por el reconocimiento de EE.UU al  régimen de Franco, acérrimo enemigo de todo aquello que perseguía en Europa la filosofía marxista que tanto temía el dictador. Tal reconocimiento  político obtuvo también sus frutos que como recompensa se materializaron en el establecimiento de bases militares americanas,  indispensables en el control del mar Mediterráneo gracias a la base naval de Rota en Cádiz y la de Torrejón de Ardoz en Madrid.

De manera que la inclusión de España en el llamado Tratado del Atlántico Norte parecía cantada desde bastante antes de que Felipe González se convirtiera en presidente del estado español. Desde entonces, algunos países más se han sumado a tal iniciativa militar ante el descarado talante invasor del presidente Putin para tratar de mantener sus fronteras convenientemente pertrechadas ante el aumento de nuevos y cercanos miembros de la Alianza Atlántica.

Si el precio que hemos de pagar en España en gastos militares para contribuir al establecimiento de una paz duradera que los europeos no supimos gestionar en su día frente a la colosal amenaza nazi nos parece excesivo frente a otras preferencias sociales, parece cierto y razonable el descontento general a tanta parafernalia bélica, pero me gustaría que también quedara muy claro que no se trata de un capricho baladí del momento sino de un cúmulo de circunstancias derivadas de una contienda europea que nunca debió de ser llevada a cabo y que entonces despertaría también la ira de un país como la URSS, directamente amenazado por el espíritu expansionista de otro dictador de la categoría que llegó a alcanzar un frustrado militar como fue Adolf  Hitler.

Si nuestra pertenencia a la OTAN no se admite en ese contexto, estamos muy lejos de comprender la desgraciada realidad que nos rodea.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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