martes, julio 5, 2022
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Un viaje de ensueño

Había sido nuestro viaje más planificado. Todo estaba milimétricamente previsto, trazado y calculado. No había fisuras. Tras terminar la carrera y antes de empezar a trabajar decidimos hacer un viaje para recordar toda la vida. Llevábamos ahorrando años.

Volamos a Bali. Éramos seis. Seis amigas quitándonos la palabra o hablando todas al mismo tiempo. La exótica, lujosa y espectacular playa de Seminyak nos pareció el lugar ideal para dormir y reponernos del largo viaje.

Queríamos hacer un crucero, admirar y gozar de playas desiertas y desconocidas. No lo pudimos contratar desde España, por lo que nos acercamos a un pueblo cercano y preguntamos en el pequeño puerto. Atropelladamente y sin muchas consultas alquilamos un barco con tripulación para nuestro exclusivo crucero. Nyoman, nuestro marinero balinés, se encargaría de todo: navegación, catering, tiendas de campaña y cualquier otra cosa que surgiera.

En cuanto salimos rumbo a un crucero inolvidable hubo disparidad de criterios. Mientras que a mis amigas les encantaba su forma de ser, yo encontraba algo extraño en su mirada. Pero ¡qué importaba!, estábamos de vacaciones.

Éramos profesionales, jóvenes y nos sentíamos inmensamente felices. El primer día de excursión nos llevó a unas playas de ensueño. El color azul turquesa del mar se intensificaba con cada milla navegada. El agua era tan transparente que dejaba a la vista los arrecifes de corral. Viajamos con la compañía de un marisco vivo durante la travesía. A la sombra de unas palmeras, Nyoman nos sirvió la mariscada que preparó mientras tomábamos el sol y nos bañábamos. Mi indisposición, que luego resultó ser un cólico nefrítico, impidió que comiera como lo hicieron mis amigas.

Por la noche todas estaban somnolientas. No parecían las amigas marchosas que yo tenía. Ni siquiera pudieron hablar un rato mientras me retorcía de dolor. Nuestra primera noche la pasamos en una tienda enorme con seis sacos de dormir. Las tiendas las montó nuestro hombre en una zona arbolada de la playa:  —¿No hay bichos por aquí?, pregunté preocupada. —Quizá sea peligroso, añadió Ana. —No os preocupéis. Todo está bajo control, dijo nuestro guía chapurreando un inglés que no procedía de Oxford.

En el desayuno devoraron todas como si no hubiera un mañana. Yo seguía con mucho dolor, incómoda y fastidiada por la fatalidad, y él insistía en darme una pastilla. No tenía confianza en él. A saber, qué podría darme. Decliné una vez más su ofrecimiento, aunque insistió. Sus medicinas eran mejores que las que yo tomaba. Eran un viejo secreto transmitido desde hacía cientos de años.

En un momento de la mañana, cogí del brazo a Ana, mi mejor amiga, y durante el paseo le confesé mis sospechas: —El guía pretende algo raro con nosotras. —Fíjate que ayer os dormíais después de cenar, caísteis como losas. A mí no me sucedió porque no tomé nada de la cena que preparó. Hay algo extraño en él. Ana me contestó: —No empieces. Disfruta del viaje. No veas fantasmas donde no los hay. Este tío es un pobre pringado.

Después de levantar el campamento seguimos nuestro idílico crucero. Dos días después, sin saber dónde estábamos al ir a alcanzar la orilla nos cruzamos con otra lancha. Pararon los motores y los tres balineses que viajaban en ella y nuestro guía, intercambiaron algunas palabras en su idioma.

—Ana, le dije, fíjate cómo nos señalan. Hablan de nosotras. ¿Qué querrán? Son los mismos con los que nos cruzamos ayer. Nos han seguido. —¡Venga ya!, me dijo y se puso a hablar con las otras. No creía tener más intuición que la media, pero todo en este tío me mosqueaba.

La lancha se alejaba mar adentro y nosotros hacia la orilla.

Mientras montaba el campamento me fui con Yolanda a pasear, y de pronto descubrimos, que la lancha con los tres paisanos había vuelto. Lo habían hecho hacia el final de la inmensa playa para no ser vistos por nosotras.

—A lo mejor preparan un sacrificio a los dioses. A Yolanda se le fue el color de la cara: —Y ¿qué vamos a hacer nosotras solas frente a estos cuatro? Los móviles no tienen cobertura desde que salimos del hotel. —Aligeremos el paso, hay que prevenir a las otras, le contesté.

Yolanda cogió a Ana y Almudena, y yo disimulando invité a Isabel y Marta y paseamos hacia el otro lado. En diez minutos todas estábamos alteradas, intranquilas y excitadísimas.

Muertas de miedo. Lo único que logramos reunir era un cortaúñas, y ¿de qué nos serviría frente a cuatro tíos fuertes? Había que pensar algo y rápido.

Cada vez que una hablaba revivíamos la congoja, la pesadilla y la tragedia que se aproximaba. Era inminente. Ana gritó: —Vienen los tres tíos de la otra barca con sus machetes.

Nunca pensé que pudiéramos correr tanto. El pánico se había apoderado de todas nosotras. En nuestra frenética carrera nos fuimos hacia el interior de la isla. Reventadas por la difícil trayectoria, el calor, la humedad y el miedo empezaron los calambres. Había que parar si no queríamos dividirnos. En la unión estaba nuestra escasa, ridícula y exigua fuerza. Nos escondimos. —Y, ¿ahora qué? —¿Qué hacemos?

Estremecidas y agitadas, con el corazón palpitando convulsamente permanecimos agazapadas durante cinco horas. Unimos en silencio nuestras manos temblorosas. Nos transmitíamos el valor y el coraje que necesitábamos. Por un infame azar del destino, habíamos sido elegidas para ser la ofrenda de su ancestral y atávica expiación. Nuestros cuerpos dorados por el astro rey esperaban un inhumano y cruel sacrificio. Apenas se oía nuestra respiración. Los gritos de nuestro guía llamándonos a cenar nos heló la sangre. El momento se acercaba. El olor a brasas ardiendo nos sobrecogió. Anunciaba el apremiante holocausto. Las lágrimas empezaron a brotar recorriendo nuestras mejillas. La desesperación se palpaba. Entonces, la voz de nuestro guía se percibió con mayor nitidez. Cada vez más cerca. Se aproximaba a nuestro improvisado escondite.

Seguíamos sin saber dónde estaban los otros tres ‘matones’, que súbitamente aparecieron. —Aquí están, gritó uno de ellos a Nyoman. Entonces, nuestros gritos de horror y consternación retumbaron por la plácida y silenciosa playa. Llorábamos histéricamente. Nyoman alargó la mano para tranquilizarnos, pero Yolanda gritó: —¡No me toques!, y se abrazó a Almudena. —Tranquilas, dijo. —Ya está preparado el pescado marinado. Lo asé sobre cáscaras de coco. Ahora atardecerá y podréis tomarlo frente al mar contemplando la caída del sol. Es un espectáculo maravilloso. ¡Daos prisa!

Almudena empezó a reír, y las demás con ella.

Cuando llegamos a la delicada y cuidadosa mesa, vimos la piel de una grandísima serpiente. Amablemente, los tres hombres nos regalaron la piel. Habían matado al reptil con sus machetes. No querían que nos fuéramos sin un regalo. Un detalle para recordar la aventura de nuestro viaje por las islas balinesas.

Una semana después de nuestro regreso, intercambiando fotos y vídeos, decidimos entre carcajadas que Villanueva de los Caballeros sería el lugar idóneo para nuestro próximo viaje.

El resto de las aventuras lo supliría nuestra extraordinaria y excelsa imaginación.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

 

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