martes, agosto 16, 2022
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Se recompensará  

—¿Dónde está? ¿Lo has visto? —¿Qué ha pasado? —Wolf no está. No entiendo qué ha ocurrido. Hace solo un momento estaba en el jardín. —¿Dónde se ha metido? Alguien tiene que haberlo visto, decían mis hijas atropellándose.

Nunca se había ido. Le llamamos, pero no hubo respuesta. Cuando las primeras lágrimas empezaron a caer sobre sus mejillas, decidimos organizar dos grupos. Estábamos seguros de que aparecería. Todo quedaría en un susto. Carmen iría con su madre, y Ana conmigo.

Recorrimos todos los caminos y carreteras que había en los alrededores. Preguntamos a cuantos nos encontramos por el campo. Nadie lo había visto. —Papá, alguien se lo ha llevado. Wolf nunca nos dejaría, decía Ana.

No queríamos irnos de ninguna manera, pero era domingo, y por la noche tuvimos que regresar a la ciudad.

El lunes había colegio y oficina. El viaje de vuelta a casa fue silencioso. Parecía que volvíamos del cementerio. Nunca en uno de nuestros viajes había reinado un silencio sórdido como aquel.

El lunes a mediodía volvimos a la finca. No habían dormido y entendimos que lo más importante en ese aciago comienzo de semana era buscar a nuestro perro. Hicimos de nuevo el recorrido. Aprovechamos a colocar o, mejor dicho, a empapelar todos los caminos con los carteles. La foto de Wolf estaba por todas partes. ‘Se recompensará a todo aquel que dé alguna pista sobre su paradero’.

Todo había empezado tres años antes. Las habíamos llevado al cine a ver Up. Al salir solo repetían una cosa: —Queremos un perro. —Queremos un golden retriever. —Si sois buenas y sacáis buenas notas os prometemos que lo tendréis.

Nunca pensé que pudieran estudiar tanto. En verano, cumplimos la promesa. Contactamos con un criador de perros y allí conocimos a Wolf. Cuando Carmen y Ana vieron una bolita de pelo de color beige, con grandes ojos y con cara de no haber roto un plato, se enamoraron de él inmediatamente.

Desde el primer día, las dos niñas se responsabilizaron de Wolf. Le daban de comer, lo paseaban y lo bañaban y cuidaban. Ana y Carmen llegaron a un entendimiento perfecto. Nunca hubo una discusión entre ellas. Lo querían más que a nadie, y Wolf a ellas.

Los fines de semana lo llevábamos a la finca. El terreno, de dos hectáreas, estaba cerrado con un muro bajo de piedra. Allí disfrutaba corriendo sin cesar. No había peligro. Nunca imaginamos que pudiera pasar algo, hasta que llegó ese domingo. Parecía que a Wolf se lo había tragado la tierra.

Los meses pasaban. Ni una llamada, ni un aviso. Nada. Mis hijas crecieron con una pena enorme. Nunca dejaron de buscarlo. Renovaron los carteles una y otra vez, y añadieron sus teléfonos móviles.

Nadie se atrevió siquiera a sugerir la adopción o la compra de otro perro. Su hueco era irremplazable. Hubiera sido un desdén. Su pérdida nos había desgarrado el alma. Nos había ganado el primer día moviendo el rabito cuando nos veía. Era travieso, pero al crecer se había hecho obediente, y era inmensamente cariñoso. Todos en casa le queríamos con locura. Teníamos un amigo fiel.

Al dolor de la separación se unía el desconocimiento e incertidumbre de lo sucedido. Su ausencia era desconcertante y no nos permitía pasar página.

Ana cumplió 16 años, y se fue a estudiar el primer curso de bachillerato a Tampa (Florida). Seguía obsesionada. —¿Sabéis algo de Wolf? Era su forma de decir “Hola, cómo estáis”.

Un día, entre semana, fui a la finca. Era miércoles y tenía que recoger unas cosas. Solo sería ir, cargar el coche y volver. Una vez allí, aproveché a tomarme una cerveza mientras daba una vuelta. Los rayos de un sol de primavera anunciaban un verano cálido y reconfortante. Vi un perro a lo lejos, y seguí caminando. Pensé que sería un perro del vecino. Y, entonces, volví a verlo, pero esta vez más de cerca. —¡Qué tonto soy! Cada perro que veo parecido al nuestro creo que va a ser él. Estoy tan obsesionado todavía como lo están mis chicas. Y continué con mi paseo.

La siguiente vez que lo vi mi cerebro se sacudió. Parecía un golden y estaba algo desorientado. Entonces cogí aire para hacer la pregunta más corta e importante de mi vida: —¿Wolf? En ese momento, el perro levantó la cabeza y se giró hacia mí, corriendo como una centella. Lo abracé mientras se me caían las lágrimas. Habían pasado dos años, pero nunca habíamos perdido la esperanza de que un día este momento llegaría. Era Wolf, no había duda. Tenía un par de años más, pero mantenía esa cara de felicidad que nos había enamorado la primera vez que le vimos. Entonces, subí apresurado al coche, y Wolf conmigo.

Al llegar a casa, esperé a que llegaran mi mujer y Carmen. Cerré el cerrojo de la puerta y cuando entraron les dije: —¡Mirad a quién he encontrado! Estaba en nuestra finca, ¡es Wolf!

Carmen se abrazó a él. Le hablaba, le preguntaba y volvía a indagar sobre lo qué había hecho: —¿Dónde has estado? —Lo importante es que has vuelto. Y volvía a estrecharlo entre sus brazos.

Había que llamar a Ana, pero antes debíamos saber cómo estaba. Solo entonces se lo diríamos. Tras su examen, el veterinario nos confirmó que había hecho un larguísimo camino. Estaba más delgado y exhausto. Mal alimentado y agotado. Sus patas revelaban que había recorrido no cientos, sino miles de kilómetros.

Salimos tarde de la clínica, y Carmen y mi mujer, tras un cuchicheo de chicas decidieron que era mejor esperar para llamar a Ana y contarle todo con calma.

Al día siguiente, por la tarde, tras salir de trabajar llegué a casa. Estaba nervioso e impaciente. Teníamos que llamar a Ana.

Me senté en el sofá inquieto y la sorpresa que me llevé fue mayúscula. La puerta se abrió y apareció Ana. Su madre y su hermana le habían comprado en secreto un billete.

Cuando Ana entró y vio a Wolf, lo único que acertaba a decir, con sus ojos empañados en lágrimas era: —Gracias por haberme traído a casa. Es la mejor noticia de mi vida. Sabía que volvería. ¡Gracias! ¡Gracias!

Tengo grabada a fuego las caras de asombro y felicidad de mis hijas. Pero, sobre todo, recordaré siempre sus lágrimas de alegría, sus gritos emocionados y sus risas nerviosas.

Los cinco reunidos celebramos una gran fiesta de recibimiento. Nuestras penas acumuladas durante años se reconvirtieron en risas, gozo y felicidad desbordante.

Mientras esperamos a que un día Wolf nos cuente qué es lo que le pasó, aprovechamos los días y las horas para darle el cariño que no pudimos darle mientras estuvo alejado de nosotros.

Nuestro amigo, nuestro entrañable amigo había vuelto a casa. Wolf había marcado nuestras vidas para siempre.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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