martes, julio 5, 2022
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Más difícil todavía

La lluvia en Sevilla es una maravilla. Así sucedió en la mañana del 18 de abril de 2001. Los augurios de lluvia son buenos o malos, según versiones. Las lágrimas que se derramarán en la vida o el agua que regará los campos haciéndolos fértiles. Sea como fuere, aquel día nacieron en el hospital Virgen de la Macarena, Rocío y Vanesa.

Sus madres no se habían visto nunca, pero coincidieron en el paritorio al mismo tiempo. Su alumbramiento oficial se anotó a la misma hora. Al salir del paritorio las pusieron en la misma habitación.

Habían nacido dos niñas morenas, de ojos negros y tez oscura. Su peso era casi idéntico, sólo cincuenta gramos de diferencia. Parecían hermanas gemelas.

La enfermera llevaba por la mañana temprano a sus hijas recién nacidas, una en su brazo derecho y a la otra en el izquierdo y se las entregaba. Por la noche las llevaban al nido en la cuna asignada a cada una.

El día 22 de abril todas ellas salían del hospital, tras la comida de las madres.

Tres años después volvieron a coincidir en el aula de párvulos del colegio público Triana.

Desde entonces fueron amigas. Rocío era paya y Vanesa era gitana.

Cuando Vanesa cumplió diecisiete años abandonó sus estudios. Sus padres decidieron que era mejor que se formara exclusivamente para cuidar y velar por una familia. Rocío no lo entendió: —Rebélate Vanesa. Escápate de casa. Ven a la mía. Seguro que convenzo a mis padres. Pero, Vanesa, que era sumisa, renunció a la guerra.  Se quejaba con pesar: —Mi familia, mi casa… todo se convertiría en una batalla campal.

Poco después de abandonar el instituto, llamó a Rocío para decirle que sus padres la habían comprometido con un primo segundo. Se casaría en unos meses.

Rocío gritaba por el teléfono: —No puede ser. ¡No lo consientas! Por favor, no lo hagas.

Las llamadas entre Rocío y Vanesa se espaciaban. Rocío le increpaba. Le animaba a que se negase: —¡Fúgate! Vanesa prefería no hablar ya que no tenía fuerza interior para enfrentarse a sus padres y a toda su familia. —Los gitanos somos una familia larga. Nos queremos y nos apoyamos siempre. No puedo luchar contra todos. Las amigas empezaban a distanciarse.

Sólo unos meses después Rocío recibió una invitación. Vanesa le escribió en el margen ‘Rocío, no me dejes sola. Cuento contigo. Necesito tu apoyo’.

Con la invitación en sus manos Rocío pasó una semana angustiada. No sabía qué hacer. Sus padres y su hermano lo tenían claro. No debía ir porque su presencia era echar un capote a la decisión irracional e injusta tomada por sus padres. Rocío se decía: —Si voy, lo hago por Vanesa, pero no quiero que se entienda que apoyo la jugada. Por otro lado, se recriminaba: —Si no voy, a Vanesa la dejaré tirada. Encima de lo que le están haciendo… la única amiga que tiene tampoco estaría a su lado.

Tras unos días de nerviosismo, intranquilidad, impaciencia y desasosiego no resolvía qué debía hacer. Ya no quería hablar con nadie. Todos le habían dicho lo que pensaban. Ahora, era ella quién debía decidir. Era su amiga. Ella era la invitada. Era su decisión. Armada de valor y coraje, en contra de lo que la mayoría le decía, decidió ir para estar a su lado.

Tres días ininterrumpidos de festejos.

Nada más llegar vio al novio de su amiga. Kevin, también gitano, tenía 19 años. Tenía un puesto en el mercadillo de Sevilla. De eso, vivirían. Era un chico muy espabilado. Malo en los estudios, pero con una gran inteligencia natural. Agradable y simpático. De tez oscura, pelo muy negro y grandes ojos, negros también.

El cortejo nupcial empezó con la prueba del pañuelo. Rocío se horrorizó. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Era solo el comienzo y no entendía nada. No le entraba en su cabeza. Estamos en el siglo XXI. ¡Qué le estaban haciendo a su amiga! Por unos instantes pasó por su cerebro la película de sus vidas. Pensó en lo que hubiera sucedido si hubieran nacido en la familia contraria. ¿Qué hubiera sido de ella viviendo en la familia de su amiga? Y, ¡qué suerte hubiera tenido su amiga de caer en la familia que ella tenía!

Vanesa se cambiaba de traje mañana, tarde y noche. A veces, se percibía su tristeza. En ocasiones, parecía feliz. Emitía señales equívocas. Rocío intentaba saber cómo estaba su amiga, pero sus señales la confundían. Cómo era posible que alguien pudiera soportar una situación como esa.

Cuando los festejos terminaron, Rocío regresó a su casa. Con dieciocho años recién cumplidos, mayor de edad, había aprendido una lección que iba a marcar el resto de su vida.  En muchas ocasiones, nuestras vidas dependen de la suerte. Seguiría apoyando a su amiga e intentaría ayudarla en todo lo que pudiera.

Cuando Vanesa se quedó embarazada, volvieron a acercarse. Renovaron y profundizaron su amistad. Eran como hermanas. Se querían y discutían como tales. Vanesa solo había tenido dos hermanos varones. Rocío, un hermano también varón.

Nueve años después, Rocío se casó. Había elegido a quién ella quería. Los dos hijos de su amiga Vanesa fueron los pajes de su boda. Ella era la madrina de su hija mayor, que se llamaba también Rocío.

Salían juntas. Rocío tenía un pequeño negocio y Vanesa la acompañaba y le ayudaba en ocasiones.

Treinta años después, el padre de Rocío fue ingresado en el hospital por un cáncer linfático. Toda la familia se sometió a pruebas histológicas y de ADN para comprobar si podían ser donantes para el trasplante de médula.

El laboratorio insistía en que no se había producido error alguno, pero entonces, Rocío no era hija suya. Su madre dijo que era imposible, debía tratarse de un error. Tras una bronca monumental provocada en parte por la difícil situación que vivían en esos momentos, se repitieron las pruebas de ADN. La sorpresa fue aún mayor. Las incompatibilidades se daban entre Rocío con su padre y con su madre.

El mismo laboratorio había indagado tras el resultado de incompatibilidad la situación que se produjo en el momento del nacimiento de Rocío. Las dudas apuntaban al nacimiento simultáneo de Rocío y una niña que nació al mismo tiempo, Vanesa.

Un error le había regalado una vida envidiable a Rocío, al lado de la que le había dado a su medio hermana Vanesa. Nadie había sufrido las consecuencias indebidas como su amiga.

Ahora, Rocío se enfrentaba a la gran decisión de su vida: —¿Qué hacer? Y, es que, habían pasado cincuenta y seis años…

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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